Los silencios que nos faltan
Por Simona la mona / Melissa Mariana González Caamal
Hay un componente que hilvana un contenido indefinible, que lo hace tan flexible y escurridizo como para camuflarlo y perpetuarlo. Movidos por su flujo lo cargamos sin poseerlo, es la maqueta que acota lo posible acompañando al vacío, al blanco, a la nada. Aunque nos fallen las dicotomías posee las bondades de, a pesar de no constituirse como un acto, hacer pasar crímenes de odio por asesinatos pasionales, identidades por desviaciones, preferencias sexuales por enfermedades y enfermedades por tabúes. Y, desde ahí, desde sus estruendosos frutos, es capaz de negar lo que afirma: este componente es el silencio.

La primera parte de “Ángeles en América” de la puesta en escena escrita por Tony Kushner y dirigida por Martín Acosta, termina por desentramar ese tejido artesanal hablándonos desde los espacios donde decimos los secretos: en el baño de una oficina, en el parque en el que hacemos largas caminatas porque volver es insoportable, en la cama de un hospital cuando nos sentimos a punto de morir, o en esos otros planos que explora la obra, entre lo onírico y las alucinaciones como otro resquicio para dejar de callar.

Son los Estados Unidos de 1985, gobierna el presidente republicano Ronald Reagan y el SIDA no es considerado un tema de salud pública, sino de moral. Los personajes son complejos y se cristalizan entre un fuerte discurso político, el arraigo de las costumbres y las ideas religiosas, algunas bromas ácidas y el dolor. Roy Cohn, interpretado por Diego Jáuregui, es un abogado de derecha que soluciona su vida con llamadas telefónicas; con ello podría controlar hasta al presidente, excepto su diagnóstico. Un hombre mormón de derecha que le oculta a su esposa que es homosexual, Harper, interpretada por Diana Sedano, una de las mejores actuaciones junto con la de Fabián Corrés, quien interpreta a un personaje que es diagnosticado con sida y que es abandonado por su pareja en los puntos más críticos, Louis, interpretado Nacho Tahhan. Otro personaje que da otras dimensiones a la historia es el de una persona afroamericana, interpretada por la brillante actuación de Mario Eduardo León que coteja otras desigualdades presentes dentro de la comunidad.

La obra se escribió en los noventas, lo cual implica que hay una visión del mundo desde la cual aproximarse a los años anteriores: las percepciones, la ciencia, la información y los medios tecnológicos para acceder a ella son otros; por lo cual es probable, que a pesar de ser una obra tan necesaria en el México contemporáneo en el que la extrema derecha se manifiesta de blanco contra el matrimonio homosexual, en el que dos candidatos a la presidencia firman acuerdos con ella y el ganador hace alianza con un partido ultraconservador, en el que se cometen crímenes de odio aún impunes, y en el que la discriminación por identidad y preferencias sexuales se normaliza en forma de bromas que aparentemente no cobran factura sino ante los “sensibles” y poco conocedores la “cultura mexicana” en el mundial. Pese a eso, hay algo que se difumina en el fondo.

La imagen borrosa nos cae del cielo, es la silueta desnuda de Tanya Gómez surgiendo de entre los espectadores, ella interpreta a un ángel como aparición de la enfermedad. Y no sólo está ahí, está en Laura Almela, la madre de otro personaje, y en Diana Sedano interpretando a la esposa de otro, cuyo personaje femenino es el que cuenta con más conflictos, por decirlo de alguna forma, propios.

Los conflictos de las mujeres también son silenciados o puestos en segundo plano. Su fuente es el contexto histórico en el que se basa la obra, pasando por la mirada de Kushner, pero también por la de Martín Acosta y su equipo. Si bien hay situaciones específicas de las que trata la obra y que construyen su esencia, también hay ópticas para abordarla.

Parecerá inofensivo, pero no sólo es una invisibilización de las mujeres homosexuales en la historia, o a la accesorización de los personajes femeninos o que los hombres dramaturgos puedan tender a incluir más personajes principales masculinos en sus obras; también tiene repercusiones materiales en las actrices como trabajadoras y su presencia en la industria teatral.

Hay un camino que ya se ha emprendido y que seguramente será paulatino, pero en una obra que aborda las desigualdades, otras no pueden quedar más en el fondo; para reflexionar desde la mirada cotidiana, desde la creación y la industria, porque mientras luchamos contra lo que otros no ven, siempre estará ‘lo otro’, eso que todavía ni nosotros somos capaces de mirar. Quedan silencios por romper.