Lucha Reyes: tequila, limón y sal
por América G • Jessica América Gómez Flores
La historia de nuestras vidas no es exactamente cómo ésta ocurrió, sino la reconstrucción que uno hace de ella para contarla. La historia de la vida de Lucha Reyes se matiza en esta reconstrucción a partir del texto de Ximena Escalante y la dirección de Antonio Serrano, para presentar al espectador un ícono de la música ranchera de la época posrevolucionaria, que estuvo entre claroscuros por haber alcanzado el éxito y tener riquezas, pero también por conocer la soledad

La imagen de una moneda girando en el aire es la que da inicio a la puesta en escena. Vemos, posteriormente, a Lucha Reyes en una conversación con su madre, después de esa discusión en la que Lucha le dice que le hubiera gustado tener algo mejor con ella, la acción narrativa, y con ella la escenografía, da un giro.

De pronto, nos encontramos en la época adolescente de la cantante, somos testigos de cómo Lucha ve su pasado, el cual es el inicio de su éxito, pero también el comienzo de su soledad. Por medio de una dinamicidad del aparato escénico construida a partir de música, cámaras, elenco y movimientos de la escenografía, es que podemos dejar la época adolescente de Lucha para adentrarnos a sus múltiples viajes y aventuras. En su primer viaje, el cual fue uno de sus intentos por tener éxito en el extranjero, conocemos el origen de la voz bravía de nuestra protagonista.
Después, el público puede presenciar los múltiples amoríos de Lucha, los cuales tienen en común una búsqueda de la cantante por eliminar la soledad que la había estado acompañando desde hace mucho. La vida de Lucha transcurre entre los viajes, las fiestas, sus presentaciones musicales, su contacto con artistas de la época tales como Pedro Armendáriz, Agustín Lara, Frida Kahlo y Diego Rivera, sus constantes conflictos con su madre y su batalla por convertirse en madre de una joven que compró.

La dinamicidad del dispositivo teatral es una característica presente durante toda la obra, además de complementarse con el juego de planos narrativos entre la puesta en escena misma y un ensayo de ésta, pues las apariciones del director para decir si una escena está bien o hay que repetirla provocan que el público esté siempre a la expectativa de la historia que está presenciando.

El azar es un elemento presente desde el inicio de la puesta, y es ese mismo factor el que decide terminar con la vida de la cantante. La obra, además de la bravura, desamor y alcohol, nos regla escenas llenas de amor y melancolía.

Mujer tapatía llena de amor por la música, de intensidad, de rebeldía, de atrevimiento a romper esquemas establecidos en su época y que tuvo como único fiel acompañante al tequila, esa es la imagen que se plasma de Lucha Reyes en esta puesta en escena; así, la originalidad de los elementos escenográficos utilizados se conjugan en un mismo lenguaje para convertirse en un homenaje teatral, y al mismo tiempo cinematográfico, a la altura de una figura tan importante para la música ranchera.
ESA SOY YO
por Armando Rivera • Armando Rodriguez Rivera
Una, dos, tres mujeres ¿cuántas hacen falta para contar (o diré cantar) la vida de una figura emblemática en el mundo de la música vernácula como lo es Lucha Reyes?, ¿cuántas? Para decir lo que no se puede desentrañar sino cantando.

¿Y cuántas? Para dar seguimiento a una tortura de vivir apasionadamente y sin ceder a la brutalidad de la quietud; traspasar los esquemas y congeniar con los laberintos de la existencia. Esto es lo que se vislumbra y lo que mana de quien se deja ver a través de la entrega y la tenacidad de ser.

Esto es lo que pasa cuando se revelan las letras y dan paso a la acción y se absorbe la esencia de una vida que está en constante ebullición; porque contar, decir o cantar la vida de Lucha Reyes es describir el dolor del mexicano, ese grito desgarrado, hilarante que solo dilata la agonía para quedar abandonados como bien dice la autora Ximena Escalante.

Jugar con la atmosfera de añoranza entrañable que dejó y que sigue teniendo (en la memoria) la Época de Oro del  Cine Mexicano, es un elemento que consigue el retrato de lo que somos, de lo que no se puede pasar por alto; ese blanco y negro que nos sacude el recuerdo también nos hace reflexionar en el momento de hoy y que la tecnología, en este caso (las cámaras de video y la pantalla) son cómplices para no olvidar el pasado y que a través de ese ojo somos observados.
Tal es el caso que, Antonio Serrano (Director de Escena) nos lleva de la mano y con la curiosidad de conocer  las circunstancias adversas que envolvieron la vida de la gran Lucha Reyes no invita a boyar en su intimidad, mostrándonos ficción y realidad a un tiempo. Atmosferas que atrapan a los personajes que ya están allí y que tienen que decir su verdad; hilo conductivo que va hilvanando sucesos que no paran, que se desbordan, que se muestran aparatosos como su propia existencia.

Para el público (en su mayoría adultos de la tercera edad) es un agasajo recordar canciones y  las intervenciones que en algunas películas realizó la cantante. Es además una forma de acercar la literatura, el teatro y la música a todas las sensibilidades posibles que quieran ser parte de este compromiso voluntario como lo es el de ver teatro.

Anecdóticamente la obra tiene una fuerza esencial que parte de la narración de cuando ella es niña y termina con el suicidio de Lucha Reyes, porque ese sino se volverá a repetir en el momento que ella adquiere a una niña y muy a su pesar paga por esa criatura. Es una historia que hoy en día sucede y que y que probablemente seguirá sucediendo, pero solo con la denuncia es como se pueden disolver estas injusticias.

El reparto, el vestuario, la escenografía y la iluminación son el conjunto mágico del éxito en el teatro; las actuaciones pasarán a la historia, el montaje en sí, quedará como referencia de las nuevas tendencias del teatro que se hace en la UNAM y en México.
Un trago de Inspiración poética para Lucha
por Daimayjul • Ana Mayra Maya Vargas
¡Qué obra tan más peculiar! Una pantalla arriba de nuestro mirar, como si una película fuera a empezar, blanco y negro se puede observar como en los años dorados del cine mexicano que no dejo de admirar. Intrigada me siento pues empiezo a dudar, si en una obra o película fui a dar; De pronto no lo podía creer, mi vista no sabía a dónde ver, arriba o abajo era igual, en el escenario dos actrices seguidas por el foco de la cámara que algo nos quería contar, la historia se desplazó entre pasillos y lugares que hasta en un avión fueron a parar; La vida de Lucha Reyes se empezó a desarrollar.

Una niña con un gran don, no puede tener todo a su alrededor, a su lado va la tragedia y el dolor, su madre no le tiene amor y un desgraciado le prometió un cariño en la habitación, un bebe viene en camino pero la mala vida de su madre lo hace perecer. ¡Que dolor más grande no volver a ser madre! El ánimo decayó hasta el abismo del alcohol, llevándola de fracaso en fracaso pues su voz no encaja en cualquier lugar y hasta la crisis afónica la dejó. Varias veces se casó pero en ninguno triunfo; Después una hija compro pero ni esto le ayudo de su depresión, lo inevitable llegó, su vida se quitó, unas pastillas tomó para calmar su inmensa desolación.
La Tequilera revive con la interpretación de Daniela Schmidt, quien nos hace vibrar en una época patriarcal, donde a pesar de su miedo a la soledad destaca por su carácter tan radical, ya que sus canciones la llevaron a portar el nombre de la Reina del Mariachi, su estilo único la hizo llegar al cine mexicano y  eso lo quiso proyectar Antonio Serrano en la dirección de este proyecto tan conmovedor, incluyendo la pantalla en la obra; la escenografía se prestó para realizar varios momentos importantes de la vida de Lucha Reyes, una casa, un espectáculo de Box, un bar, hasta un avión nos hicieron imaginar.

No solo fue contar la vida de esta grande de la canción popular, si no poder revivir esa chispa que nos caracteriza a los mexicanos, canciones que nacen de lo cotidiano con una pisca  de picardía y sentimiento, cantares del alma que se fueron borrando con el tiempo, como dicen “recordar es volver a vivir” y la música de Lucha Reyes regresa a la vida con esta propuesta inspirada en la novela Me llaman la tequilera de Alma Velazco.
Una vida entre tequila
por Eurieta • Perla Urbano Santos
La experiencia de vivir el teatro es única en cada representación. El público se prepara para una puesta en escena pero es sorprendido cada que el telón se abre.

En La Tequilera, las formas clásicas de la representación teatral se ven superadas. Hay momentos en que las y los espectadores se preguntan qué están viendo. Y conforme avanza la obra, se descubre algo cercano a una mirada omnisciente: es posible contemplar lo que en el escenario ocurre, y lo que pasa tras él, (¿tras él?). Es un juego de planos que combina escenas del presente con recuerdos del pasado, que van formando un mosaico de recortes cuyas imágenes se unen por la evocación de una historia: la de Lucha Reyes.

El tiempo, que parece estar suspendido en el espacio, congela recuerdos como fotografías de un antes, mirando a veces lo que acontece en un ahora, y otras, acompañando a la protagonista en la memoria de lo que ya fue.

Las miradas se multiplican, nos es posible ver en vivo y/o a través de una pantalla la historia, que se está filmando con el acontecer en el escenario como si fuese un relato a varias voces difíciles de distinguir, saltando de una a otra sin previo aviso, desconcertando, alertando, haciendo del espectador un testigo activo que elige desde dónde mirar y se convierte en cómplice de la propuesta.
La historia, de naturaleza melancólica y profunda, sumerge al público en una experiencia que evoca reflexiones sobre la vida y hay una invitación latente, durante todo la obra, a sumergirse en una atmósfera incierta, reflexiva, espontánea e irreverente. Podemos saber de los sentimientos y sensaciones de la protagonista, se puede experimentar cercanía en lo que acontece porque la obra es capaz de mostrar lo más humano y lo más efímero de la vida.

Todos estos elementos combinados, moviéndose, mezclándose, experimentando, se sujetan a diversas miradas, puesta en varias claves: la combinación del cine, la televisión y el teatro, ofrecen una experiencia exquisita, sublime. y al terminar la función, las palmas no alcanzan a descifrar la emoción.

En la vida de Lucha Reyes, lo único constante es el tequila, fiel acompañante en los encuentros y desencuentros con el amor y el dolor, con la fortuna y el abandono, con el éxito y la soledad; bebida de dioses que, inevitablemente, nos invita a brindar por ella: ¡Salud! ¡Por La tequilera!
La Tequilera: Cine basado en teatro basado en una novela a su vez basada en una vida ya lo suficientemente teatral.
por Fénix Cervantes • Claudia Romero Herrera
En la temporada teatral que termina, la UNAM presentó dos obras en las que pareciera que la protagonista es una pantalla sobre un escenario. La que ahora nos ocupa: La Tequilera, dirigida por Antonio Serrano, escrita por Ximena Escalante, inspirada en la novela Me llaman la tequilera de Alma Velasco, sobre la vida de Lucha Reyes.

La actriz Daniela Schmidt, que interpreta a Reyes, leyó la novela de Velasco y fue el motor que convocó al director y tal vez a la propia Escalante, con quien ya había hecho mancuerna en Grito al cielo con todo mi corazón. Convocar a Serrano fue crucial para el montaje, pues la propuesta de dirección es inusitada: una especie de cine en vivo en el que paralelamente a lo que ocurre en el escenario, hay dos camarógrafos grabando en vivo y cuyas tomas son proyectadas en una pantalla grande en tiempo real.

La obra nos regala cuadros de una Lucha Reyes adolescente cantando en una carpa de box y creciendo en sets y escenarios de México y el mundo,  hasta los 38 años que se suicida de una sobredosis de Nembutal. La anécdota es dividida en 4 rounds, uno por cada marido, todas historias con más tequila que amor y aderezadas con las demandas interminables de una madre no amorosa y la compra de una hija adoptiva que tampoco cambió mucho el rumbo de la historia.

Lo escénico y lo grabado se trenzan generando un convivio-tecnovivio únicos, con grandes momentos de intimidad que nos da una pantalla que se une a la viva voz de los actores. No obstante, pareciera que Serrano pidió a los creativos privilegiar lo que se ve en pantalla, llevando a veces la acción a detrás de la escenografía de Adrián Martínez Frausto: Dispositivos móviles de paredes bicolores, típicas de sets antiguos, que crean la ilusión de distintos espacios; el vestuario de Estela Fagoaga nos indica discretamente el paso de los 1920s a los 1940s; la iluminación de Tenzing Ortega, correcta para la cámara, no olvida la tridimensionalidad que funciona a nivel teatral. Este universo genera un peculiar espacio vacío en el escenario y tomas cinematográficas muy cuidadas. Los músicos dirigidos por Yurief Nieves emulan las películas mudas sonorizadas en vivo, y su presencia aurática sumada a la voz cantada de Schmidt tal vez equilibra la balanza hacia el teatro.
La dramaturgia sugiere que esta ficción es el desmontaje de una filmación de cine, y aunque el formato cine-teatro pudiera parecer un distractor, funciona espléndidamente para contar esta historia, no sólo porque Lucha Reyes participó en siete largometrajes, sino porque su vida en sí parece trama de película mexicana de los años 40s, con muchas luces y sombras que se materializan en el blanco y negro de la imagen, subrayando los opuestos duales del melodrama.

Daniela Schmidt, con la seguridad que ha ganado la mujer en todos estos años, nos entrega una intérprete que parece aún más consciente y aguerrida que la propia Reyes. Muy memorables también sus diálogos con Carolina Politi que ahora juega como la madre que buscó desenfrenadamente el fracaso de su hija, y que pareciera el verdadero veneno que mató a Lucha Reyes:

En La tequilera vemos a una mujer que se autoviolenta con el exceso, pero también a una intérprete que violentó la canción popular mexicana, imprimiéndole un cariz bravío con el que ahora nos identificamos como nación, pero que no siempre fue así.

Más allá del recurso multimedia, en La Tequilera encontramos un entrañable personaje que forma parte nada menos que del Nacionalismo Mexicano del S. XX, circunstancias límite, acción dramática, finalmente el alma del teatro que nos mantiene presentes ante una ficción y que lo diferencia de un simple experimento escénico.
La tequilera
por MaikolFu • Miguel Fuentes Arroyo
Soy MaikolFu, oriundo del antes llamado DF (ahora CDMX) y les quiero compartir lo siguiente: Mi madre fue fan de Lucha Reyes y por ella conocí prácticamente todas sus canciones, mi madre disfrutaba mucho cantar su obra, en particular "La Tequilera"
En sus últimos días de vida, le conseguí a mi madre un álbum doble de Lucha y al ponérselo en casa, me pidió que lo quitara porque ya en vez de darle alegría, le ocasionaba tristeza, ese el ultimo recuerdo que tengo al respecto.

Para mi sorpresa llevan la novela "Me llaman la tequilera" de Alma Velasco al teatro por lo que de inmediato me propongo a ver la puesta y porque así el universo lo quiso, me gano una cortesía para asistir.

Preparo mi lunch y me dirijo al CCU y después de una gran expectativa entro al teatro Juan Ruiz de Alarcón. Nos recomiendan no sentarnos en las primeras filas porque hay una pantalla para proyección en la parte superior del escenario, considero que pasaran algunas fotos y datos de introducción de Lucha..."TERCERA LLAMADA" se apagan las luces y comienza un video en blanco y negro que de inmediato captura mis sentidos, se empieza a luminar el escenario y hay unas mamparas que cubren el mismo, de repente el staff del teatro comienza a mover las mamparas transformándolas en una casa y más adelante con las mismas mamparas crearan callejones, una arena de box, un barco, escenarios en Alemania y México y todo lo necesario 'para el desarrollo de la obra.

La interpretación  de Ximena Escalante es IMPRESIONANTE, llena de emociones y de canto, se desarrolla la obra en México, en Europa, conocemos a Lucha de niña, a su mejor amiga, a su madre a sus esposos y a muchas de las personas que compartieron vida con ella, vemos a Diego y a Frida en una fiesta y posteriormente a su hija.
En la parte musical un arreglo muy interesante del tema fundamental de la obra a ritmo de jazz y grandes bandas de swing.

Tecnológicamente el audio y la iluminación perfectas, la construcción de los diferentes escenarios maravillosa, pero el génesis del formato de teatro con el del cine ME ELEVO AL CIELO, verdaderamente fue una gala de creatividad y de aprovechamiento máximo de los recursos, algo que en mi marco un antes y un después del teatro en México, algo que recordare por siempre con mucha alegría.

El personaje de Ximena nos muestra a un ser humano que vive más allá del límite de las emociones, a una Lucha Reyes carente del amor de una madre, a una amante buscada solo por interés por sus parejas, en fin, a una persona como pocas a las que los demás pueden criticar severamente porque nunca encontraran empatía debido a la carencia de esa gran energía de vivir, compartir, transmitir y querer sentirse aceptado y amado.
Amplísimo reconocimiento a todos los participantes, a la UNAM por apoyar estoy proyectos, al publico que disfruto y recomiendo hagan gira a nivel mundial y6 regresen cada año a mostrarnos la misma obra u otras del tipo ya que nos demostraron que están a la vanguardia en Teatro. FELICIDADES!
Mareadita entre tantos cambios: La tequilera
Por Máximo Maváz • Juan Martinez Vazquez
El teatro es la única manifestación del arte que sucede en tiempo presente. Y el cine nos traslada desde el pasado a distintos momentos en el tiempo. El teatro demanda en el actor, un enorme esfuerzo para que todos los ojos que lo miran alcancen a observar cada cosa que hace y siente. El cine es un solo ojo, que facilita ese trabajo por que amplía todo lo grabado.

“La tequilera” de Ximena Escalante, dirigida por Antonio Serrano, en el teatro Juan Ruiz de Alarcón, está basada en el libro “Me llaman la tequilera” de Alma Velasco, y aborda la vida de la cantante Lucha Reyes.

Esta obra ocurre en los espacios visibles y no visibles del escenario. Con el apoyo de dos camarógrafos podemos ver todo en una pantalla. Y así nos metemos en los rincones íntimos en la vida de la cantante y vemos también la gesticulación de los actores.

La primera escena relata uno de los tantos encuentros desafortunados de Lucha con su madre. Todo este momento se ve en la pantalla. Sin embargo -No sé si este incidente fue exclusivo de la ocasión o sucedió en toda la temporada -El audio llevaba un retraso con la imagen, y eso opacó toda la fuerza del inicio y cada momento en pantalla.-

Después, viene una constante danza perfectamente coreografiada de muros que protagonizan la obra; y digo así:“Protagonizan” porque la atención que debería estar dirigida al texto y a la vida apasionada de Lucha Reyes, se vuelca inconscientemente en el traslado innumerable de paredes falsas y muebles, que recrean infinidad de lugares en pocos segundos.
A veces el escenario está vacío de actores, y en la pantalla algo está sucediendo; ya sea en una recamara, en la azotea, incluso en un barco. Es como si el público estuviera viendo en teatro, la filmación de una película. Los camarógrafos hacen un trabajo impecable pero sinceramente bloquean todos los momentos culminantes de la obra, que nunca alcanza a llegar a un climax porque el baile de las mamparas no lo permiten.
El texto de Ximena Escalante es bello, pero el Icono de la Canción Bravía, merece algo más que belleza. Necesita la fuerza que tenía su personalidad; la crudeza de su época y que el público se sintiera atrapado en el ambiente patético que la hundió hasta ahogarla en el suicidio.

Todo el elenco actúa para cine. Y las cámaras hacen bien su trabajo al proyectar sus gestos a detalle. Pero cuando la verdadera Lucha, aparece en pantalla, cantando con su particular estilo, viene un divorcio instantáneo con el montaje. Y nos desengancha.

Aún no sé si fue el parecido adrede de Daniela Schmidt, con Patricia Reyes Espíndola que protagonizó “La Reina de la Noche” película de Ripstein, Que aborda el mismo tema, basado en el mismo libro y es inevitable recordar con esta obra. O quizá fue que el traje de lentejuelas le quedaba grande a la protagónica (literal y metafóricamente). O la interpretación de las canciones era gris. O fue la constante ida y venida de muebles, pero algo no permitió que el maridaje público-teatro sucediera.

En todo caso, vi una obra en la que no sabía si atender la pantalla o el escenario. Y el escenario se convirtió en un set para un montaje hermosamente dirigido, perfectamente coordinado, visualmente estético, pero sin una escena poderosa que me haya quedado grabada.

Al término muchos aplaudieron de pie. Yo me quede pensando en el enorme trabajo de tramoya. Que noble es el teatro, que permite la cabida de tantos universos en un solo espacio.
¡Felicidades a todo el equipo!
Óyeme con los ojos: sobre Lucha Reyes y la puesta La tequilera
por Nía Jam • Samia Badillo Gámez
‘Óyeme con los ojos’, dice un verso de Sor Juana, y con ello intenta decir al interlocutor que la escuche a través de las letras. Y si las letras son signos que se leen y en nuestra mente al leerlas se escuchan, las imágenes también son signos que se leen, aunque de otra manera.

La obra La tequilera parece ser una apuesta por estas dos lecturas: la escucha de algunas canciones de Lucha Reyes, cuya voz acompaña a la figura de la artista consumada, y la de la imagen, que nos ofrece el recorrido íntimo y fragmentario por la vida y los recuerdos de la mujer.

La puesta, a cargo de Antonio Serrano (Sexo, pudor y lágrimas), lleva entonces al espectador al juego entre tres lenguajes: el teatral, donde la presencia de los actores recrea algunos episodios biográficos de la artista; el cinematográfico, que empieza formando una dupla con los actores, mezclándose camarógrafos y personajes en una intensa coreografía para que la grabación en vivo se proyecte en pantalla; y el musical, que acompaña los momentos más álgidos del personaje de Lucha Reyes (interpretado cabalmente por Daniela Schmidt), al tiempo que apela a la experiencia del espectador con la emotividad de las mismas canciones.

Sin duda, un desafío técnico loable, que sobresale por su arriesgue y tenacidad. Por un lado, la representación teatral implica la aparición de los actores y actrices, con sus ánimos, su energía y la turbación que implica la misma presencia de sus cuerpos: allí toman vida los personajes, cercanos, sin mediación. Por otro lado, está la grabación en vivo: el esfuerzo allí es construir instantes, mediante planos (muchos de ellos, muy bellos) que nos acercan a las intimidades de los personajes, sus rostros, sus cuerpos, los escondrijos de las casas, el otro lado de algunas puertas...esos resquicios donde el ojo del espectador no puede llegar en la proximidad de una sola escena de teatro.
Quizá lo que queda a deber la obra es una mirada menos pesada sobre el personaje, pues hay ciertos momentos en que la propuesta roza la caricaturización. Hay a la par también algunas intervenciones de un director ficticio que –percibo- trata de romper la tensión de los sucesivos excesos del personaje, pero que en lugar de la empatía con Lucha, parece crear una empatía con la mirada de sí mismo: y esa mirada es juzgadora: “sí, Lucha, ya sabemos que te ha ido muy mal, no hagas tanto drama”.

Me pregunto si son necesarias estas intervenciones en la obra. Creo que no. Creo que la virtud sería dejar que los propios personajes se debatan, con sus contradicciones, sus esencias, su miedo y su vulnerabilidad, allí, frente a los espectadores. Me parece que ‘allí está el detalle’ (como dijo otro de los personajes emblemáticos de nuestro ser nacional) y
que la figura transgresora de Lucha Reyes no se pelea con su vulnerabilidad –aquella con la que pueden conectar los espectadores- es, en cambio, parte de cómo se forjó la misma mujer-mito. Los silencios que hubo en la vida de Lucha Reyes (dos periodos en los que casi perdió la voz) permitieron que emergiera con fuerza la cantante con dos tesituras distintas.
Con su música, Lucha Reyes decía, quizá, qué oyéramos, entre líneas, su historia (la historia de sus emotividades). Esta vez, la puesta en escena La tequilera nos permite oírla, borrachita de tequila y a través de las interpretaciones de Daniela Schmidt y Arantza Ruíz, así como la dirección de Antonio Serrano y los esfuerzos de los camarógrafos Alejandro Luna y Diego Lomelí, a través de las imágenes. La oímos con los ojos.
La tequilera
por Rayo Sauceda • Alejandro Montaño Luna
De Jimena Escalante basado en la novela Me llaman la tequilera de Alma Velasco.
Dirección de Antonio Serrano.

¿Se puede estar solo en este mundo? ¿Una cantante famosa rodeada de asistentes, músicos, gente cercana, un público que la aclama y la reconoce, puede estar sola en este mundo? Luz Flores frecuenta los diálogos como en la escena con el hombre de la calle, un prostituto tímido que se dice desamparado y la protagonista le contesta “Igual de solos en el mundo”.

La voz inconfundible de Lucha Reyes es la anfitriona al ingresar a la sala del teatro, esta su foto en lo alto proyectada en la pantalla, con sus ojos tapatíos que todo lo abarcan. En el  escenario una sala-comedor  delimitada por paredes que al paso de sincronizados movimientos coreográficos se convertirán en decenas de secuencias según lo requiera la historia.

La dirección de actores se ve repartida entre el teatro y el cine, una de amplios movimientos y otra con movimientos marcados, una que abarque todo el recinto y otra que íntimamente se dirija a la cámara. La puesta es para el escenario y para la pantalla grande.
 
La protagonista  Lucha Reyes (Daniela Schmidt) se pasea por su vida adolescente, se ve ir tras su sueño de ser cantante, tras sus nuevos retos, tras sus triunfos, pero  también se ve sumida en constante depresión, sumida en el alcoholismo. Será la música la que la salve, será su voz la que la mantenga en vida. Tesonera, talentosa, con calidad vocal, intensa, temperamental. “Las circunstancias me orillan pero en algún momento soy yo” es uno de los diálogos que parecen reflejar las horas de hilaridad donde reflexionaba sobre su vida.
La madre (Carolina Politi) le heredó en vida su gusto por el alcohol, le hizo sentir el desprecio, le hizo sentir el abandono, le hizo sentir baja estima. Se ve la influencia de su madre en ella, pero es la historia de sus matrimonios la que toma el camino para narrar su vida simulando el rodaje de una película. Así el escritor Gabriel Navarro (David Medel),  el cantante Pepe Gutiérrez (Mauricio Isaac), el manejador Félix Cervantes (Arturo Barba) y el militar Antonio de la Vega (Arturo Barba) se encargan de hacer vida con la Reyes.

Una hija adoptada (Arantza Ruiz) que es vendida por su madre (Paulette Hernández) sirvienta de la propia Lucha Reyes, es el momento dramático que toca la parte sensible de la infertilidad que padece la protagonista.

El ensamble (Ana María Aparicio, Cossete Borges, Gerardo Sagar, Michell Amaro y Joaquín Herrera) sustenta durante todo momento la puesta, desde una muchedumbre hasta los personajes más ínfimos.

Las escenas musicales con músicos en directo (Yuriel  Nieves, Efrén Díaz, Jorge Cortés y Cesar Martínez) recrean las canciones que hiciera famosas la voz de Lucha Reyes, destaca la canción que da el nombre a la obra “la tequilera” ya que el arreglo le imprime dramatismo a la escena. La música incidental acompasa la historia.

Hay una escena donde se encuentra la Reyes con Frida Kahlo que hace referencia a la pintura de “las dos Fridas”, diríamos que es la alegoría de la vida de Lucha Reyes, dos vidas paralelas, dos sentimientos encontrados, dos personas distintas en un mismo cuerpo.
LA CRUEL MELANCOLÍA QUE EL TEQUILA NO PUDO ALIVIAR
Por Roanlly • Rocío Hervert
Tercera llamada y se apagan las luces en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón. En la pantalla situada arriba del proscenio, la imagen de una moneda lanzada al aire, emerge como quien ha buscado tomar una decisión. Se nos revela entonces una mujer con botella de licor en mano y un rostro que evidencia dolor, se encuentra en la intimidad de su habitación, pero no se le ve en el escenario. Es solo cuando cruza una puerta, que la actriz aparece sobre el entarimado, la sigue un camarógrafo develando el misterio, no es un video pregrabado lo que hemos presenciado, se ha tratado de una transmisión. Comienza una secuencia de actos anacrónicos, aparentemente incoherentes, tal como ocurre con el pensamiento cuando divaga la mente. ¿Son acaso sus recuerdos? Poco a poco los relatos fragmentados adquieren sentido, está observando recreaciones de su propia historia: la película de su vida.
 
Inspirada en la novela Me llaman La Tequilera, de Alma Velasco. La dramaturgia de Ximena Escalante, no solo rinde homenaje al legado de la cantante Lucha Reyes; sino que nos adentra en su existencia marcada por el abandono y el desamor. Una vida atormentada por su principal verdugo: su madre.

En una excelente dupla de magistrales actuaciones que desgarran el corazón; Daniela Schmidt (Lucha Reyes) y Carolina Politi (Victoria), personifican la disfuncional relación entre estas dos mujeres: una hija que clama por amor y ternura, una madre que desprecia ferozmente. Y entonces, en un emotivo intercambio de diálogos, Victoria, hace evidente lo sabido, nadie puede dar lo que no tiene; pues después de todo ¿Qué puede entregarse cuando la propia maleta ha llegado vacía?
Con la dirección de Antonio Serrano; la pieza alterna el formato teatral y cinematográfico; mismo, que permite a través de las tomas en primer plano obtenidas por las cámaras en el escenario, acceder a las emociones y momentos más íntimos de los protagonistas. Imágenes proyectadas en blanco y negro que agudizan los sentimientos y remiten a la época de oro del cine mexicano, transportando al espectador a lo que bien podría ser un set de filmación. La recreación de los diversos lugares donde tienen lugar los acontecimientos, se logra con mobiliario y mamparas de madera que se mueven y organizan, muy al estilo de las producciones de teatro musical. Movimientos escénicos perfectamente sincronizados entre sí, y con los cambios de caracterización por parte del resto del elenco; quienes hacen gala de su versatilidad histriónica, al encarnar más de un personaje. La correcta iluminación, vestuario y nítido sonido, complementan la ambientación propia de la época, a la vez que los recursos multimedia y arreglos musicales a las canciones, añaden un toque vanguardista.

Interesante propuesta que no pretende mostrar la biografía de una artista, sino que remite al ser humano detrás de la persona musical; una mujer que sufrió esa falta de amor y soledad que la acompañó cada uno de sus días, y que determinó la manera en que se relacionó con los demás. Vacío existencial que provocaba querer llevar siempre el alma borrachita de tequila. Un hueco tan profundo en el ser, que ni la música, fama o talento; impidieron su trágico final. No obstante, su legado ahora es recordado y estará más vivo que nunca: esa mujer con apariencia de soldadera revolucionaria y con su manera bravía de cantar.
Crítica a “La Tequilera”
por Surón • Rafael Cuéllar Ramírez
María de la Luz López Aceves, nacida el 23 de mayo de 1906, mejor conocida por su apodo Lucha Reyes, se destacó como una cantante de música ranchera y actriz jalisciense. Tuvo una carrera artística llena de altibajos y una vida sumamente caótica.

Lucha Reyes no tuvo un alto grado de estudios, y esto se puede apreciar claramente al principio de la obra, es por tal razón que decide meterse al medio artístico, y por recomendación de sus tíos. Ya dentro del medio se deja ver que comienza como solista pero, como resultado de su segundo matrimonio, diversifica su interpretación participando en duetos e incluso tríos, logando apariciones en la estación de radio XEW, Hasta llegar a actuar en un filme llamado “Flor Silvestre”.

Sobre la vida amorosa de Lucha Reyes, sabemos que estuvo casada en múltiples ocasiones, la principal causa de los divorcios la propició el alcohol. Lucha queda estéril en una de sus primeras uniones, hecho que la traumó mucho y marcó de sobremanera su vida. Aunado a lo anterior, Lucha compra a la hija de su señora del servicio, para la que su manutención resultaba insostenible.

Su vida culmina en el suicidio, hecho que ocurrió poco tiempo después de una paliza que le aplicó su último marido, dejando a su hija adoptiva huérfana, y a México sin una gran mujer que jamás se dio cuenta de su don.

A lo largo de la obra se logra plasmar su vida artística y personal, de una manera muy clara y bella. Le llevan a uno trasladarse a las situaciones de la vida de la cantante y entender sus sentires, de esta manera para los asistentes les resulta fácil comprender el porqué de su adicción. Realmente logra transmitir las emociones que experimentaba.
La puesta en escena incluye elementos muy originales como el siempre seguir a los actores con la una videocámara y trasmitir estas imágenes en una gran pantalla en tiempo real; o bien, la escenografía tan reutilizable que siempre se movía, para recrear diferentes lugares sin el uso de más piezas. Incluye también algunos elementos humorísticos, como la aparición del supuesto “director” de la obra. Estos detalles hacen la obra muy amena e interesante pues no son frecuentes en el medio teatral.

Esta pieza transcurre durante la llamada “época nacionalista” de México, cuyo apogeo tuvo lugar en el siglo XIX, época en la cual surgió el patriotismo criollo, con elementos como el anti-españolismo y el pro-indigenismo. Durante las actuaciones se presenta, sobre todo, el nacionalismo revolucionario mexicano
que, como su nombre lo indica, nace durante el periodo revolucionario, y se extiende hasta el comienzo de la americanización. Todo lo anterior se aprecia gracias a la musicalización de la obra, las expresiones verbales usadas, la forma de vestir, entre otros.

Su vida culmina en el suicidio, hecho que ocurrió poco tiempo después de una paliza que le aplicó su último marido, dejando a su hija adoptiva huérfana, y a México sin una gran mujer que jamás se dio cuenta de su don.

Las actuaciones transmiten intensamente las emociones al espectador. La escenografía es muy adecuada. El poder tener la opción de ver la obra como película le da un toque muy especial. Por lo tanto la recomiendo ampliamente recomendable si te interesa la cultura mexicana, en especial la revolucionaria, y descubrir o redescubrir cómo fue la vida de una artista tan reconocida.
La Tequilera
por Yeka Zamora • Jessica Michelle Pérez Zamora
La vida suele tener muchos altos y bajos, a veces es necesario apoyarte de la suerte para decidir cómo vivir.

De un montaje aparentemente sencillo se viste el teatro Juan Luis Alarcón, con la peculiaridad de ver una pantalla por arriba de la escenografía, en la que se proyecta la imagen de una grande Lucha Reyes.

Un volado te invita a disfrutar de la obra y provoca curiosidad en el espectador por ver de qué se trata; al principio el hecho de no ver ningún actor en cuadro pero ver en pantalla una imagen no sé sabe qué hacer, pero poco a poco la obra te va llevando y te va envolviendo hasta que en poco ya te tiene enganchado.

La dinámica que tiene el montaje es… simplemente genial, el dinamismo, la emoción y las ganas de dar el todo se siente en cada cambio de escena; tanto por las actuaciones como por el juego de escenario y las tomas que se ven en la pantalla, que hacen que te sientas más adentro de la historia es como ver el lado íntimo de la obra.

El montaje y la historia están muy bien llevados, ese cambio entre teatro, cine, televisión y radio es un ritmo sumamente excitante que te mantiene pendiente de cada cambio, de los diálogos y las interpretaciones.
En tiempo-espacio te lleva a esa época, el vestuario es muy favorecedor y representativo; la historia combina cosas de ese tiempo y de la actualidad, incluso con sonidos y situaciones que están en la memoria colectiva.

Un gran aplauso para esa incursión de tener en pantalla una imagen diferente a la que ves en escena; sin embargo, hay que pulir detalles en el desfase que hay entre el audio y la imagen; los camarógrafos realizan tomas muy acertadas en varios planos, el único inconveniente que en algunos momentos, cuando no hay ningún actor en cuadro, distraen la atención. Considero que si buscaran la manera que con el mismo montaje y movimiento los camarógrafos quedaran fuera de cuadro, sería aún mayor la aceptación y el gozo de esta toma.

La interpretación de Daniela Schmitd deja ver la admiración que tiene hacia el papel que interpreta; te transmite cada uno de los estados de ánimo, esa soledad inmensa que sentía y la búsqueda de amor. Provoca que te enamores del personaje, pese a que no conozcas su historia.

Así como comienza termina, con un volado por la vida.