Fausto, densidad y erotismo
por Alonso Berruguete • José Jorge Mondragón Alonzo
La figura fáustica, figura mítica, continente atrayente y seductor para artistas a lo largo de la Historia. Personaje que solicita en su representación una idiosincrasia relacionada con el conocimiento. Acompañando a Fausto siempre se encontrará Mefistófeles, la tentación, la oportunidad complaciente, el dilema eterno, una promesa que conlleva una negociación desemparejada, que incluso recuerda al electorado mexicano, pero eso es otra tragedia, tragicomedia. El Fausto de Valéry tiene una asociación particular con la figura demoniaca, es más misteriosa, más cautivadora. Las propuestas ya están superadas, las disertaciones entre ambos personajes, donde se construye una especie de escritura oral, los vaivenes que denotan cinismo, lucidez y temas permanentes de interés humano.

La iluminación es fundamental, la luz hace brillar todo el espacio, todo el edificio. Un escenario de cortas dimensiones se expande como un lugar donde han sucedido incontables eventos que resumen lo humano. Un símil a la mente Fausto, un mar de ideas que necesita ser vertido en la endeble inmortalidad de la letra escrita. Esta necesitad hace llamar a su asistente Lust, figura juvenil que respeta a Fausto, lo admira, pero como en cada respeto hay una distancia intrínseca aunque ésta se acorta paulatinamente a lo largo de la pieza.

Al pensar en Fausto y Lust se recuerda a Bataille y sus tres erotismos. Hay un erotismo del cuerpo, hay una tensión sexual en toda la obra. La atinada selección de la actriz que interpreta a Lust despierta sensualidad y es percibida en una promesa no dicha hacia una entrega ante Fausto o en momentos ante el discípulo. El erotismo de los corazones, con la precaución repetida: “Cuidado con el amor”. Hay este deseo, rechazado por Fausto pero anhelado por los jóvenes. Y en el final cuando Fausto termina en los brazos de la amada, la distancia del respeto se esfuma, el erotismo se funde. El eros sagrado, que trasciende en el tiempo y que nos muestra los valores, prioridades o focos de atención de distintas épocas. El eros energúmeno, un eros que pone en movimiento al mundo pero que es energúmeno, ha sido habitado por Mefistófeles. Lo sagrado es también complejidad, bacanal de ideas, el universo mental de Fausto y el diablo, una contraposición al ¿héroe?
Resalta en la obra cierto elemento escenográfico, que recuerda una estética existencialista del cine silente: la puerta como umbral del inframundo, de la decisión de la vida normal a una incertidumbre condenatoria. Aquel objeto que establece una frontera pero que es transgredida con facilidad y donde acceden las figuras oscuras que enriquecen y llevan al avance a la obra. La oscuridad nunca fue tan compleja, tan densa, tan rica y por supuesto atractiva, trabajo que germina en la obra literaria y que explota con la dirección de teatro.

Se pone en cuestión la figura del diablo, ¿en esta época es pertinente? El dramaturgo expone que está superada la concepción de una figura demoniaca distanciada de nuestra propia condición, es decir, el diablo no existe en el inframundo sino en nosotros mismos. Es por esto que la obra cobra importancia, Mefistófeles ya no representa una complacencia supra normal a menos que sea un personaje como Lust con aparente inocencia y un espíritu imberbe con afán de experiencias, pero insisto, es aparente ya que en ella se encuentra el génesis humano de la sabiduría.

Oscuridad seductora, ingenio irrisorio, humanidad contradictoria, elementos que le dan peso a la obra. Un peso que quizá no cualquier espectador soporta, pero si lo hace, seguro producirá un cambio memorable.
Mi Fausto – La tradición en lo moderno
por Azuldenegro • José Eduardo Zepeda Vargas
La luz da paso a las sombras para que la humanidad de un maduro doctor Fausto (José A. García) entre a escena. Entre una respiración agitada y dificultosa, camina hacia un pequeño asiento de madera para descansar, abre el libro que lleva entre sus manos y hace una breve lectura. Segundos después aparece Lust (Ana Cervantes), la joven asistente del doctor, expulsando de su garganta unas fuertes carcajadas que hacen que el afamado erudito le haga un llamado de atención; entonces comienza la primera disertación sobre la risa y su capacidad subversiva en los quehaceres de lo cotidiano y lo intelectual. De esta manera da inicio la puesta en escena de Mi Fausto, texto dramático escrito por el poeta francés Paul Valery cuya puesta en escena en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del CCU de la UNAM se encuentra dirigida por Sergio Cataño.

Como es bien sabido, Fausto es un personaje histórico famoso por su pacto con el diablo cuya finalidad era obtener el conocimiento infinito; su éxito intelectual pero insatisfacción respecto a lo conocido, le lleva a comprometer su alma con Mefistófeles a cambio de su más grande deseo: el conocimiento total respecto al mundo y al ser humano. Empero, el Fausto construido por Valery difiere en algunos aspectos respecto al esbozado por Goethe o Marlowe: a diferencia de estos dos autores, el personaje del pensador francés es un hombre que se sabe erudito, es un intelectual altamente reconocido debido a su prolífica obra y profundidad de pensamiento; sin embargo, el tedio le acecha, no ha podido escribir su más grande obra en la cual todos los estilos literarios habidos y por haber converjan: el sabio aún no ha alcanzado la cima de su poder intelectual. Este punto permite que la relación entre Mefistófeles (Ana B. Espín) y Fausto sea de otra índole: Fausto intentará devolver el poder perdido a Mefistófeles debido a la secularización de la racionalidad moderna mientras el último le ayudará a escribir su más grande obra.
El espacio escénico, pequeño pero bien distribuido gracias a la escenografía e iluminación trabajada por Patricia Gutiérrez, permite que los claro-oscuros permeen la aparición de Mefistófeles, Fausto, Lust, el admirador (Penny Pacheco) y los esbirros (Ruby Tagle), cuya algidez interpretativa está caracterizada por la profundidad de los diálogos, la demostración y sufrimiento de poder que el diablo padece ante los personajes o la muerte del afamado erudito. Todos los aspectos, la iluminación, el trabajo escénico, hilvanados con la energía interpretativa de los actores, logran una
unidad estética cuyo cometido es que el espectador sienta suyos, encarnados, las inquietudes de todos y cada uno de los personajes.

En Mi Fausto todo es profundidad e inquietud por lo desconocido y lo ya conocido, la pasión desborda los diálogos y los intérpretes se entregan a su personaje de tal manera que la tensión con el espectador se encuentra caracterizada por un goce estético que no está peleado con la reflexión. El tedio del viejo Fausto a su obra escrita, así como la juventud y belleza de una Lust que se muestra cautivada por la lucidez del viejo erudito, logran que Valery y Sergio Cataño, el primero en el papel y el segundo en el teatro, lleven a los ojos de los espectadores problemas propios de la secularidad del pensamiento moderno –el famoso redescubrimiento del caos- así como el lugar que las formas tradicionales de concebir las acciones humanas, a saber, el mal y su contra parte el bien, tiene o podrían tener en el desenvolvimiento de nuestro presente.
Reseña de la obra de teatro “Mi Fausto”.
Obra de Paul Valéry,  dirigida por Sergio Cataño.
por Itzel • Argelia Noemi Ibarra Ibañez
A la voz de “Tercera llamada comenzamos” y tras un breve lapso de oscuridad, se enciende un reflector que dirige la mirada del espectador hacia un punto del escenario; aparece, entonces,  un anciano con su andar lento, arrastrando sus pies y jadeante, momento que remite a su larga trayectoria de vida. De esta manera, inicia esta magnífica obra de teatro que representa el encuentro de Fausto (Sabiduría) y Mefistófeles (el diablo).

La puesta en escena “Mi Fausto” es el encuentro de la vejez sabía que cree haber ido más allá del bien y del mal, el personaje principal: Fausto,  ha conocido la vida, la ha estudiado y la ha vivido. Y por si fuera poco, ha conocido aquella fuerza mística que está antes que todo. Ahora a un paso de su desenlace, aparece un conocido de antaño: el diablo. En otros tiempos, Fausto hizo tratos con él, se alió y gozó de sus favores; sin embargo, su sabiduría adquirida lo ha hecho meditar y cambiar su postura. Fausto el sabio ya no le teme y tampoco cree en sus poderes, alguien que ha encontrado a Caos, no puede creer, ni mucho menos temer al ángel caído. Sí, el diablo, dice Fausto, es un simple ángel caído, “ya no das miedo”, los tiempos han cambiado y han llevado a la humanidad a otro momento; para Fausto todo parece ser vacuo.

El diablo en tanto, se enfrenta a las “dolientes” palabras, de quien en otro tiempo, fue uno de sus fervientes seguidores. En la obra se representa lo que parece ser una segunda lucha del diablo ahora frente a Fausto, que igual que el Arcángel San Miguel lo enfrenta. Pero la lucha entre Fausto y el diablo no se ejecuta entre ejércitos de ángeles y arcángeles. La segunda batalla para el diablo se libra desde los razonamientos y la sabiduría de Fausto. Y son precisamente, las palabras del viejo las que lo hacen dudar, ¿será cierto que nadie le teme?, ¿será cierto que las deducciones lógicas de Fausto y los tiempos actuales lo han sobrepasado?
Así, la obra transcurre entre una batalla de diálogos de gran riqueza y fina soltura. Un tercer personaje es Lust (deseo) representado en una hermosa mujer que Fausto no es capaz de reconocer, pues para él la belleza no existe. Es entonces, que el diablo después de un debate interno decide poner a prueba a Fausto y con ello, a la vigencia de su propia existencia, ¿qué acaso él no es el Dios del mal?, ¿qué acaso él no tiene capacidad de conocer hasta los pensamientos más profundos del ser humano, incluso los de aquella joven que a simple vista refleja la pureza?

De este modo, sin bien Fausto tiene su sabiduría, el diablo tiene sus “artilugios” y sus demonios, ¡él es un tramposo! Y Fausto lo sabe. La trama sigue su curso, el escenario lúgubre, una plancha de arena con surcos que remiten a símbolos de distintas culturales y que evocan la sabiduría del mismo Fausto y el juego de reflectores que atraviesan a el escenario le dan un toque enigmático y en momentos macabro a la obra. La sorpresa del público ante la figura del diablo alejado de aquellas representaciones que vienen plasmados en las leyendas y referida en los mitos, aspecto que le da un toque innovador a la puesta en escena. Momentos de humor negro que aporta un leve toque cómico a aquella temática teatral que invita a la reflexión. Emoción, admiración,  pasión, belleza, sabiduría, misterio, anhelo por vivir y por amar, son los componentes principales que refleja esta obra.

En la última parte, Fausto sucumbe ante Lust, su sabiduría encerrada en la frase “cuidado con el amor” dicha a uno de sus discípulos,  pasa para él mismo desapercibida. El deseo y el amor, la combinación del pecado. Combinación que el diablo conoce bien. Combinación, que por otro lado, encierra la verdadera esencia del ser humano. Al final, Fausto fallece y el diablo está ahí junto a él, tal vez, como siempre estuvo y como lo estará por el resto de la eternidad.
Mi Fausto
por Marez Vela • Lucero Guzmán Pérez
En su obra, Goethe hace de su personaje principal un retrato trágico de la humanidad. Fausto, quien describe a la perfección la complejidad de la naturaleza humana, es un ser que ha traspasado las barreras de la temporalidad. La peculiaridad de cada personaje ha sido inspiración de innumerables obras, una de las más importantes es la escrita por Paul Valéry.

En su creación Valéry presenta un Fausto filósofo, sabio, que antepone la razón en toda circunstancia, capaz de cuestionar el rumbo de la humanidad en torno al mal y el papel de Mefistófeles en nuestra época.

Mi Fausto, es la puesta en escena dirigida por Sergio Cataño, quien realiza una entrañable síntesis de la obra original de Valéry, logrando con ello una reflexión profunda en el espectador.

La obra se puede resumirse en un escenario contemporáneo en donde Mefistófeles (interpretado por Ana Bertha Espín), sin saberlo, se  reduce a una simple imagen antigua,  un recuerdo vago, una caricatura; creada y destruida por el mismo hombre. En dónde lo único que puede generar miedo es la imagen física,  la representación en el imaginario colectivo sobrepasado por el tiempo y el espacio.

Fausto por su parte (representado por José Ángel García) hombre viejo lleno de conocimiento, cuyo mayor anhelo es escribir un libro, le propone a Mefistófeles trabajar en conjunto. Con este trato, Fausto logrará terminar su obra y el segundo, recuperará su lugar en la humanidad. Todo esto con la ayuda de Lust (interpretada por Ana Cervantes) la hermosa secretaria de Fausto, quien se encuentra enamorada del sabio en secreto.

La escenografía de Patricia Gutiérrez Arriaga de la mano de la música original de Juan Mario Oronóz logra un ambiente capaz de trasportarnos a distintos lugares a lo largo de los 90 minutos que dura la puesta en escena.
Esta obra en sus diferentes matices, nos hace una invitación a la reflexión sobre cuestiones que consideramos verdades, pensamientos inconclusos, abstracciones, deseos, necesidades, situaciones incómodas y todo aquello que se encuentra en el fondo del fondo de nuestros pensamientos, de lo que estamos hechos y que sin embargo hacemos todo lo posible por evadir.
Se trata a la vez de un espacio donde el bien y el mal se mezclan, se confunden,  se diluyen, formando algo que llamado deseo y que confundimos o que nos gusta creer que es amor.

Un lugar en el que Fausto nos obsequia una frase abierta a todo aquel que desee interpretarla: “Cuidado con el amor”,  cuatro palabras que encierran la historia completa del mismo protagonista. Un espacio en el que el diablo reclama un alma en deuda, alma que ya no le pertenece al hombre. En el que a soledad y su fortuna representada por un desierto tapizado de símbolos, que bien pueden describir la vida del protagonista, termina siendo el final de la historia.

Un lugar en el que todo es posible, pero en el cual existen leyes incuestionables; la risa desarma, el deseo y la necesidad debatiéndonos por el ser y el necesitar ser. Lo anhelado como razón cuestionable sin tener nunca explicación alguna.
Una obra en la que el amor más allá del objeto del deseo se centra de la necesidad de tener más no de poseer. Un amor sabio, dignificante, que solo un ser tan fáustico, sin ser capaz de explicarlo, puede llegar a sentir.
Un espacio en el que Fausto,  harto de ser un personaje admirable, pretende terminar su propio libro y con ello terminar ligero.

Al final nada importa, el personaje de Fausto y su cómplice son acreedores de todo tipo de reencarnación, sobrepasando los límites de la obra escrita.
 Mi Fausto, o el límite del pensamiento humano
por Mefistófeles Jr. • Mauricio Maldonado Castro
Un vórtice gravitatorio engulle el escenario. Devora una mesa y un puñado de sillas. Lo limita un semicírculo de arena. Funge como una protección que separa lo real de lo fantástico. Un pacto cuyas consecuencias están por develarse. Afuera del Foro Sor Juana, la megalópolis se hunde bajo el yugo incesante de tifones y relámpagos. Adentro, estamos en otro planeta. Éste es el dominio de Patricia Gutiérrez y Juan Mario Oronóz. Su magnífica escenografía, música y ambientación, nos hacen cuestionar la realidad. Una excelente señal.

En el perímetro del escenario, el Dr. Fausto (José Ángel García), como nosotros, es presa del cansancio y la decadencia. Éste es el mundo de los hombres. Un sitio donde la maldad y la entropía son voluntad única del ser humano. Adentro, existe la frágil promesa de  algo más.  Un sueño donde la razón, valores y creencias simplemente... desaparecen. Aquí, sólo existen narraciones extraordinarias –historias de una era olvidada–, que relata a su bella secretaria  Lust  (Ana Cervantes); mujer que lo idolatra en una extraña combinación de admiración y lujuria. Una curiosa ironía: su nombre significa “placer” en alemán.

La puesta en escena de Paul Valèry, montada con pasión por Sergio Cataño, cuestiona la perversidad como habitante exclusivo de la mitología o religión. La figura del demonio evoca siempre los límites del pensamiento humano. Históricamente, ha sido más fácil explicar el mal como un producto de algo que es incomprensible. Tal vez es un dios malhumorado; tal vez es un engendro de las entrañas más profundas del infierno. No importa. Siempre es  el Otro  el que recibe todo el peso de las responsabilidades de nuestros actos. Cataño nos hace una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando reconocemos que somos la causa y efecto de la maldad?
En esta puesta en escena, Mefistófeles (Ana Bertha Espín) es un personaje confundido. Nadie lo necesita. El mal ahora se manufactura por el propio humano. Un último pacto lo lleva a jugar con las voluntades de Lust y otro admirador, un Discípulo empedernido (Penny Pacheco). ¿Podrá imponerse todavía sobre el alma de los mortales? Ana Bertha Espín actúa a la perfección a este Belcebú de la era moderna. Exhibe una combinación de ser y no-ser. Esencia fragmentada; un ente que es todo y a la vez nada.

 El Fausto de Paul Valèry es un hombre veterano. Ya ha superado las pruebas de fe. Está consciente del espíritu nietzscheano. Sabe que en un cosmos hiper racionalizado, en una dimensión en la que Dios ha muerto, el Diablo es un murmullo inconsciente. El Doctor Faustus de Goethe todavía posee la esperanza de alcanzar cierto grado de entendimiento/poder entre el caos. Por eso se somete ante un Mefistófeles más elevado. Aquél que con terror y conocimiento absoluto, lo seduce para ceder su alma por la eternidad. Aquí, esos límites se difuminan absurdamente; Mefistofeles ya no entiende a la humanidad. Su subsistencia está en juego.

Hoy, el hombre puede darse el lujo de elegir y ostentar la maldad; es innecesario mencionar su omnipresencia. Esta continuación del mito faustiano exhala tintes agridulces. El genio de Valèry –y la relevancia actual de esta puesta en escena–, reside en la sutileza que exhibe en su texto dramático: cuando el hombre es la medida de todas las cosas, el único triunfo es la nada. Una fría e insípida nada. El propósito mordaz de esta obra manifiesta que el cinismo y cansancio del Doctor Fausto habla por la humanidad entera. ¿Cómo podemos codificar al mal contemporáneo? No le pregunten a Mefistófeles. Está muerto.
“MI FAUSTO”, DE PAUL VALERY DIRECCIÓN SERGIO CATAÑO.
por Tintanesco Borges • Sergio Yañez H.
Paul Valéry no es un autor sencillo, por lo que, enterarme de que teatro UNAM presentaría “Mi Fausto”, hizo que desempolvara mi libro y volviera a leer esa obra, desde la taquilla comenzó esa emoción expectante, estaba  por ver una gran obra o presenciar una decepción.

Llega Fausto al escenario, con pasos cansados y respirar agónico, pareciera que trae sobre su ser todo el peso de la historia de Goethe, lo cual significa un gran desafío. El ambiente es una infinita bruma la cual se bifurca tras la llegada de Lust, riendo, y con un Fausto más dinámico que al inicio, es decir, los diálogos inteligentes y divertidos van encaminando ya una gran representación.

Aparece después Mefistófeles con su innegable galanura, suspicacia y poder para negociar, -Ana Bertha Espín se llevará, sin duda, las palmas de esta obra por su grandiosa actuación.- Y es así como vemos en escena a un Mefistófeles humanizado, conocedor de sus alcances y limitaciones, reconociéndose como un “ser caído”, pero como aquel que descendió desde lo más alto para llegar a controlar el abismo y para negociar con aquellos seres que siempre buscan “ayuda”. No obstante que, Mefistófeles sabe influir en esos seres vulnerables, también cae en frustración cuando no logra descifrar una inteligencia tan compleja como la de Fausto, o cuando no puede ver en el corazón de una Lust qué es lo que ella quiere o anhela con tanta pasión.

El personaje del discípulo también logra cautivar con esa actitud de querer ser tan grande como el maestro que admira, sin embargo, la decepción le llega de inmediato al encontrar a un sabio hastiado de su misma obra; alguien que no se toma la molestia de regalarle una frase y firmarle un libro, sino que sólo le deja a merced de Mefistófeles y sus esbirros, con algo que tiene apariencia de simpleza, pero, que a nosotros nos da escalofríos al recordar cómo hemos subido al cielo y caído estrepitosamente al no poner atención al “cuidado con el amor”, frase que suena trillada pero que desvela el corazón humano.
La obra, per se, ya es una gran obra, pero sigue dando más de sí misma: el duelo de actuaciones entre un Mefistófeles apabullante y una ingenua Lust, que entre su bondad y sus dudas va desarmando “al Diablo”. El Discípulo convertido en guiñapo maltratado por los esbirros y Mefistófeles, pero aún buscando su redención en el amor o simplemente atraer a Lust. Esta última es bondadosa, pero, paradójicamente lo ha condenado con un beso, diciéndole adiós mientras, sin saberlo, lo acababa de entregar al diablo. -Y siento que a mí también me ha entregado, estoy conmovido, he aquí (quizá) el clímax de la obra, y sé que no hay un cuarto acto para el desenlace, una solución al problema como dicen los libros de textos literarios. “Mi libro dice: Acto cuarto y último (FALTA)...” , ¡no¡, me acaban de entregar también al Diablo.-

En la última escena, aparece de nuevo Fausto caminando, agónicamente; quisiera alentarlo para que no muera allí, para que resuelva todo en un desenlace y nos salve al discípulo y a mí, pero no, Fausto agoniza entre sus propias e infinitas dudas, como aquel  de Goethe que reconocía haber adquirido toda la sabiduría, sin serle ya de utilidad pues era un viejo que no había conocido el amor, hecho que lo encaminó a negociar con el Diablo. ¿Margarita lo sostiene en su regazo?, ¡no!, lo sostiene Lust porque este es el Fausto de Valéry…El foro se oscurece,  pero ¿adónde se fue el alma de Fausto?, ¿al cielo?, ¿al abismo?, ¡no!, después de todo, ¿puede que el alma sea un vacío…?