Critica Los Niños Chocolate de Jaime Chabaud, dirección: Alberto Lomnitz.
por Chocolate amargo • Alex Trescinco
¿Como describir una obra sin teñirme de un panegírico anticipado? sin desafiar a la cultura, con “la” cultura, medianamente lineal, ambientes de oscuridad y sonidos de una dupla que transporta, ambientes de oscuridad, voces profundas sin atinos de atención, mediana, mediana, mediana, un solo punto, un instante de profundidad donde la trascendencia, la ruptura, la semilla que se clava en el alma, delata un disimulado fruto, muerte esperada, anticipada, sin atisbo de sorpresa, una semilla que sangra y un leve gesto que le da vida a las lágrimas del espectador, un mensaje final, una vista inmediata a mi presente, a mis niños de chocolate.
Niños chocolate: la construcción de un espacio donde ya no se pueda decretar invisibilidad
por Amanda: sirena estelar • Erika Martínez Macedo
En un escenario sin límites, incluyente del espectador, la trama de Niños chocolate se desarrolla en un vaivén de historias que terminan siendo la misma historia trípode: la deshumanización de los seres humanos para con el otro y la naturaleza, la impunidad en que opera el capital y la violencia en que dichos elementos se manifiestan. El escenario incluyente busca evocar una imagen que, bajo la primera impresión, re-crea la concepción que tenemos de ese lejano lugar que podría resultarnos África, así como una totalidad homogénea, sin embargo, conforme la historia se desenvuelve el público se va enterando de que no sólo es África, aquél lugar enorme, asolado por la pobreza, estigmatizado por el color de la piel; no es sólo África, es su heterogeneidad. En concreto, se trata de los países ubicados en la costa que alguna vez fue una proeza para los portugueses sobrepasar: quizá Ghana, quizá Costa de Marfil.

Dentro del escenario incluyente la oscuridad que marca a la pequeña Niaaba y sus compañeros Fatao y Kuwame, los personajes de esta historia de muchas historias, remite a la abierta clandestinidad en que la mano de obra infantil siembra y cosecha el necesario cacao para elaborar chocolate. La oscuridad del escenario, que también envuelve al espectador, porque éste deja de serlo para convertirse en un elemento más de la obra, no es sólo el ambiente nocturno y cómplice, es también la metáfora del miedo y la incertidumbre, la casa donde habitan criaturas que nos resultan temibles: insectos letales, hierbas indistinguibles y el ser humano vigilante, al acecho y encargado de frustrar los intentos de fuga de quienes buscan recuperar sus vidas fuera de las plantaciones.
El objetivo de la obra se mueve entre la lejana cercanía de las vidas de los niños que son utilizados para sembrar y cosechar el cacao que consumimos en buena parte del planeta y la cercana lejanía con la que omitimos que en países como el nuestro ser niño para muchos no es ni siquiera una opción porque las condiciones de pobreza y desigualdad siguen rigiendo la cotidianidad de nuestras vidas, aunque no reconozcamos o, más cruel aún, desconozcamos naturalizando que hay miles de niños que oscilan entre la ternura propia de quien se resiste a dejar de ser niño y las circunstancias que los obligan y condenan a situaciones de trabajo forzado, condiciones de calle, maltrato y vejaciones.

En pocos minutos el espectador, al igual que los personajes de esta historia, ya no puede ser el mismo. Comprar un chocolate, consumirlo, regalar una linda caja de él, ya no tiene el mismo significado sin significado, al menos por algunos días, quizá por meses, incluso para siempre, pues ha sido sembrada la operación de detenerse a pensar en las implicaciones detrás de un dulce o amargo regalo, un pequeño gusto. El chocolate no tiene el mismo sabor después de Niños chocolate, después de ella el espectador ya no puede simplemente decretar invisibilidad a los niños a quienes les fue arrancada la oportunidad de serlo.
Niños Chocolate
Por MIKE • Miguel Alberto Ayala Rodríguez
Por la calle hay niños limpiando parabrisas; en el metro, un pequeño trata de pulir zapatos ajenos con la mano; y en el resto del camino se encuentran más de ellos en semáforos, restaurantes, banquetas y entre los muros de esta ciudad que oye y mira, aunque insensible, a la sombra detrás de sus vidas, visible en el rostro y manos ennegrecidas por el trabajo que realiza la explotación. Me pregunto: ¿qué podemos hacer ante tal situación, si el problema viene desde una raíz gubernamental que no fue nutrida adecuadamente para generar buenos frutos? Árbol que nace torcido sólo se extermina de raíz, pero como eso llevará tiempo, lo que sí podemos hacer es aportar desde nuestras posibilidades, por mínimo que sea, como lo hace Jaime Chabaud al escribir y reflejar una realidad social en Niños Chocolate, obra que tiene el plus de ser dirigida por Alberto Lomnitz y ser presentada en uno de los generosos foros del Centro Cultural Universitario: el Sor Juana.

Con percusiones y otros instrumentos en vivo, los instrumentistas Eduardo Castellanos y Guillermo Siliceo, hacen sonar la música de Leonardo Soqui que abre paso a un entorno selvático y nos permite echar un vistazo a los infantes despojados de su niñez por el trabajo y la esclavitud. El lugar es cualquier parte del mundo, no sólo en África como aparece en ficción, pero Chabaud dice puerta para que lo escuche ventana y así reflexionemos sobre este hecho tan doloroso.

En Niños Chocolate Thomas, personaje al que da vida Alejandro Morales, es un periodista que salva la vida de una niña forzada a trabajar por el tratante Papá Gyan en la colecta de cacao para la producción de chocolate. Su nombre es Niaaba, y al igual que Fatao y Kuwame, quienes son interpretados por Marisol Castillo, Teté Espinosa y Fabrina Melón respectivamente, muchos otros infantes son capturados o comprados para producir dinero y satisfacciones de las que injustamente les prohíben disfrutar.
Los tres niños tienen deseo de libertad y me parece absurdo que el auxilio sea solo para uno de ellos pero después pienso que tal vez hay que descubrir a Thomas en cada uno de nosotros. Ante este acto, inevitablemente me surge una duda: ¿cómo habría sido la suerte para este periodista en mi país? Pues aquí a los que alzan la voz les cortan la garganta. Las autoridades aseveran que nada pasa porque les importa un cacao, pero llegará el día en que tengan una probada de su propio chocolate.

Conforme avanza la obra, empatizo con los niños, y se vuelve más emotiva cada que escucho los cantos combinados con la acción. Juego, miedo, peligro y anhelos se entretejen para relatarnos la vida (si es que se le puede llamar así) de tres niños que representan a millones.
La explotación infantil existe de muchas formas. Niños chocolate es una manera dulce de mostrárnoslo, sin embargo, cosas inimaginables ocurren a los niños que son víctimas de trata y la realidad es más amarga que el cacao en polvo. Ansío que el teatro, más allá de quedarse en una experiencia emotiva o estética, nos toque para accionar en el escenario cotidiano. Esta historia nos corresponde, no como país, sino como humanidad.
Reseña de la obra Niños chocolate
por Momo • Ana Karina Morga Martínez
La luz como la oscuridad cuando llegan repentinas enceguecen. Sin embargo, el ojo humano es capaz de adaptarse paulatinamente y delinear un mundo de siluetas. Este es el ambiente de la obra. En la penumbra del espacio escénico, las metáforas nacen luminosas y los opuestos son materia para presentar la contradicción del mundo.

A algunos espectadores se les asigna una tarea en la obra –un trabajo–. Coincide con que algunos de ellos son niños que tal vez sepan, o no,  que esta obra habla sobre el trabajo infantil. Su labor será alumbrar dirigiendo una pequeña lámpara a su gusto.

A través de la rica composición de música y danza africanas y una precisa  escenografía, se construye un lugar idílico –la selva– donde personajes y espectadores escapan por un momento de la realidad.

Una línea argumental termina tajante el encanto: “–A trabajar” (palabra liminar que da pie a la acción).

Un gesto escénico cobra relevancia: correr. Los pies se convierten en un elemento simbólico. El espectador tiene  más de una oportunidad para comprender las cifras impares: algunos niños pierden alguno de los pies, como el personaje de Kuwame. Los pasitos, el andar suave, los pies pequeños, se trata de una metonimia que nombra la parte por el todo. Niños mutilados de miembros, de hogar, de padres, de amor, de niñez. Se les roba la infancia, es decir, la oportunidad de jugar.

Paradójicamente, el chocolate, un alimento al que ningún niño se puede resistir, no es conocido por estos niños, sino en su materia prima, que constituye la base de su esclavitud.

La obra cuenta la historia de una niña de nueve años de nombre Niaaba, quien es separada de su madre a través de engaños y vendida por su tío a un tratante. Al lado de sus compañeros Fatao y Kuwame, Niaaba se enfrenta a la brutalidad de las plantaciones de cacao.
La historia tiene una vuelta de tuerca gracias al personaje de Thomas, un reportero de origen australiano quien tuvo noticia de la esclavitud infantil en la selva de Senegal. Al investigar, se encuentra con una realidad que lo rebasa: el paralelismo entre su hija Violet, también de nueve años y el de Niaaba.

El diálogo entre el reportero Thomas y Niaaba construye su belleza a través del contraste entre dos psiques opuestas: adulto-niño; negro-blanco; moderno-tradicional.

Thomas salva a Niaaba y a cambio pierde la vida. Dice Niaaba adulta en su encuentro con Violet: “–Sin su padre, yo soy lo único que le queda”. Niaaba es la forma en que Thomas vive.  En su diálogo, Niaaba equipara existencia y esperanza porque una vida representa un potencial incalculable.

El mundo de las mentiras se opone al de las verdades. Mientras papá Gyan construye un mundo de mentiras al afirmar, por ejemplo, que “trabajar es jugar”,  el periodismo –que recupera aquí su más digna tarea– alumbra, dice la verdad. La cual tampoco quiere ser escuchada por los grandes poderes políticos y económicos. Ante tal denuncia, el espectador no solo se conmueve, se indigna.

Al final, los actores nos recuerdan que el trabajo infantil se presenta a nuestros ojos –no en la oscuridad, sino a plena luz–: son los niños de la calle, ellos también víctimas de una realidad de la que ningún niño es responsable.
Niños chocolate
por Mona Lalá • Aura Beatriz González Morgado
El chocolate se elabora a partir de las semillas de la planta del cacao, la cual lleva por nombre científico Theobroma, que quiere decir “alimento de los dioses”. Esta denominación es muy atinada porque el chocolate es un manjar que ha regodeado los paladares más exigentes desde tiempos ancestrales. De México para el mundo, este alimento es uno de los más preciados por su exuberante aroma, su delicado sabor y su suave textura. Ya sea en barra, como bebida o en un postre, nadie se atreverá a negar que es uno de los más grandes placeres culinarios.

Hay en todas variedades, con leche, especias, nueces, futas o chile. Sin embargo, no hay que olvidar cuál es la principal: el chocolate amargo. Y es que la voz náhuatl xocoatl significa “agua (atl) amarga (xococ)”, porque tiene como nota distintiva ese regusto, pero no sólo por su sabor, sino porque es una alegoría de su origen.

Resulta abrumador que la mayor parte del chocolate que se consume en el mundo proviene de plantaciones de cacao en África. Allí se utilizan las manos de niños para cultivar el preciado grano. Hay que entenderlo bien, hay chicos de alrededor de 10 años que están trabajando en medio de la selva en condiciones de esclavitud. Sus jornadas son de entre 10 y 16 horas diarias, no tienen sueldo ni servicios de salud y mucho menos la libertad ni los medios para cambiar sus condiciones de vida. Muchos de ellos sufren accidentes, padecen enfermedades o mueren a causa de esta situación. A veces, estos pequeños son secuestrados o engañados para trabajar en las plantaciones, otras tantas, la pobreza hace que sus padres los vendan a cambio de un poco de dinero.
En Niños chocolate, Jaime Chabaud denuncia esta realidad atroz y da voz a tres niños: Niaba, Kuwame y Fatao, quienes cuentan cómo llegaron a los sembradíos, cómo realizan su trabajo, cómo son maltratados y cómo intentan escapar en busca de su familia. Sus relatos son acompañados por música africana en vivo que sirve para atenuar el impacto de esas terribles historias. Y como elemento que cierra el conjunto escénico, la iluminación acentúa, con ayuda del espectador, los momentos más álgidos de la narración.

Esta obra de teatro hiere el alma porque es verdadera, es una pieza de ficción que conmueve hasta las lágrimas porque muchos de los espectadores no habíamos imaginado qué era lo que pasaba tras un Snickers. Por si fuera poco, la obra no teme señalar quiénes son los responsables: Mars, Nestlé y Cadbury, entre otras empresas multinacionales, propician, aunque lo nieguen, la esclavitud infantil para tener mayores ganancias. Y es que en este sistema de barbarie, como no se paga la mano de obra, las compañías compran el grano de cacao más barato y sus ingresos se van al cielo.

Las conclusiones a las que nos lleva esta puesta son que las formas de producción contemporánea tienen una cuota de sangre y de explotación; que, bajo esta lógica, el dinero vale más que las personas; y, sobre todo, que no debemos ser ingenuos ni complacientes ante esta realidad. Niños chocolate nos invita a preguntarnos de dónde proviene lo que consumimos cotidianamente. Si investigamos un poco, nos daremos cuenta de que la ropa, los productos de tecnología y la comida -por mencionar unos pocos ejemplos- son obra de personas que viven en la miseria, que no tienen un salario justo o condiciones seguras para laborar, y que a veces ni siquiera tienen edad legal para trabajar. Y ante ello, tenemos la obligación moral de optar por otras formas de economía en las que todos seamos tratados de una manera más justa e igualitaria.
Somos nuestros. Crítica de Niños chocolate
por Rafael Padilla • Ana Yaren Amairany González Subias
Hay una pieza exquisita entre tus labios, la paladeas con la inocencia de quien mira el mundo por primera vez y te olvidas de todo porque es un remedio contra la depresión ¡Cruel paradoja! chocolate amargo para endulzar la vida. Tu cacao, ese que ahora estás comiendo, está teñido de sangre.

Ese es el planteamiento primordial de Jaime Chabaud en Niños chocolate, pues crea una conexión global en torno a la explotación infantil en los campos de cacao africanos, un vínculo tan tajante, que llega hasta el espectador en forma de producto. El motivo de alegría para unos niños, es también producto del maltrato de los otros, esto obliga a pensar en una división mundial de la cual casi ya no se habla por considerarse un tema políticamente incorrecto.

Por un lado, está el mundo de los aparadores con luces, el de los productos empaquetados y puestos a la venta en los escaparates, el de los empresarios que se ufanan de haber “erradicado” el trabajo infantil;  por otra parte,  están los niños mutilados —en un sentido literal y metafórico—, mutilados porque fueron arrancados de sus familias, despojados incluso de sí mismos; mutilados porque ya no tienen una mano o una pierna gracias a la ambición humana.

El Foro Sor Juana Inés de la Cruz es un espacio donde la cercanía propicia la participación activa del público, de este modo, los asistentes auxilian a los actores y ellos, a su vez, salvan a los asistentes de la indiferencia. De pronto se puede ver al público separando los granos de cacao, acarreando los sacos de los mismos de un lado a otro, dando luz a esos rostros que permanecen siempre en la oscuridad.

La musicalización de la obra es tan deliciosa como las actuaciones audaces de Marisol Castillo, Teté Espinosa, Fabrina Melón y Alejandro Morales, pues rescata elementos tradicionales de la música africana, donde las percusiones cobran una especial relevancia, dado que los elementos sonoros añaden una fuerza inusitada a la trama que de pronto es tan aplastante como un par de pesadas botas.
El trabajo corporal es arduo, involucra —además del movimiento propio de todo actor— algunos movimientos dancísticos y vocalizaciones, cuya intención es dar voz a la tercera raíz mexicana. África deja de ser ese continente místico de las expediciones para convertirse en un “son como nosotros”.

 La identificación con el público se da a partir de tres historias de vida distintas que confluyen en un mismo sitio: las plantaciones. Los niños narran sus breves vidas y el público mira a través de ellos, tal vez recuerdan aquel letrero de un niño robado o un chiquillo de su colonia que no va a la escuela porque es obligado a trabajar.

Las diferentes realidades terminan por tocarse en un acto de amor y valentía, a través de Thomas, un periodista quien desenmascara una verdad que nadie se ha atrevido a ver. A partir de este personaje, volvemos los ojos hacia nuestro violento día a día, observamos con angustia la desprotección de los periodistas, se nos demuda el semblante frente a las desapariciones.

Hay muchas maneras de perder la infancia, pero una sola de recuperarla: volver a la tierra que nos vio nacer después de una larga travesía. Recordar que no estamos solos para aprender a mirarnos en los otros, que pronto dejarán de ser los otros y dolerán como si fueran nuestros. Son nuestros, somos nuestros.