LA VOZ HUMANA

CRÍTICA GANADORA DE LA DÉCIMO SEGUNDA EDICIÓN DEL CONCURSO CRITICÓN

Por Antonio Dechent • Haydeé Muñoz

Blanco y negro son las teclas de un piano, blanco y negro es lo clásico en el imaginario, blanco y negro es el amor pasional, sin matices; blanco y negro es la tonalidad de esta puesta que parte de la ópera con música de Francis Poulenc y libreto de Jean Cocteau.

Con un montaje minimalista y elegante, Alonso Ruizpalacios consigue revivir el clásico por medio de diversas vueltas de tuerca. Se construye un universo pequeño y ceñido, con congruencia entre sus partes.

La ópera, escrita en los 30’s, cuando el teléfono comenzaba a ser de uso cotidiano, se estrenó a finales de los 50’s y gira en torno a una mujer desesperada por la llamada de su amado. Es un monólogo en el que la protagonista, suicida, se revela en sufrimiento por la espera, por saberse recíprocamente vital para el amado, a sabiendas que no lo es.

La pieza, que se ha montado en versión de ópera y en teatro, en diversos países y lenguas, generalmente coloca a la mujer enloqueciendo en un espacio que puede ser la recámara o la sala. En una versión española, incluso, se cambió al personaje por un hombre. Pero el trabajo actual logró revitalizar la forma a la que el montaje había sido supeditado por años.

Anclándose a la concepción original de la pieza como una ópera, el dispositivo escénico incluye a la pianista Judith Thorbergsoon y su piano, así como un theremin, tocado por Lydia Kavina, familiar directo del inventor del instrumento tan peculiar. Se decide darle presencia a la ausencia, encarnar a la ‘voz’ que está detrás del teléfono. Se elige que dicha persona sea una mujer, más joven que la que espera, y sordomuda. Es la orquestación de un cuarteto de mujeres donde cada una juega un rol para construir un estado de cosas de un amor a distancia, en una época contemporánea. Para ello el director traslada la idea del teléfono a una videollamada.

Con ello, forma y contenido se potencializan. El montaje por primera vez libera las manos del personaje sobre el teléfono. A lo más, otras puestas habían insertado teléfonos inalámbricos o celulares. La videollamada permite otra fisicalidad a la vez que contemporaneiza la obra. Con una pantalla que cubre toda la boca escena, los hechos se desarrollan en un espacio acotado, de la línea del proscenio hacia las escaleras y la tierra de nadie. La pantalla, dividida en dos la mayoría del tiempo, sirve para proyectar la representación de la videollamada, entre otras imágenes oníricas. Cada personaje, la actriz-cantante que sufre, y su amada, se ubican en extremos opuestos. Dualidad explícita, oposición de estados emotivos y de formas de apego a la relación. Cuerda floja para una, y libertad para la otra. Cámaras, micrófonos, telas y texturas en blanco y negro, constituyen la estética. Videos que, tan usados en la ópera contemporánea, aquí son parte de la fábula misma.

La obra se arriesga a la ilustración, resuelto de manera efectiva. La ópera se canta en la lengua original, francés, y tiene subtítulos en español, los cuáles a veces se agrandan o se alargan, con la voz y la emoción. Ana Gabriela Schwedhelm, quien es la cantante que interpreta al personaje en angustia, corre por el proscenio, araña la tela de la pantalla, cual si fueran sus vestiduras. María Evoli, la amante sordomuda, salta hacia las escaleras, se libera constantemente de las cadenas que la otra le quiere poner. Al final, su sombra se cierne gigante sobre la amada destruida. La voz, como sonido, vibración, pulsación, se canaliza en diferentes aparatos, incluyendo el espectatorial. La puesta en escena, se vuelve paradigmática del clásico de Poulenc-Cocteau.

Leer Más

LA VOZ HUMANA: Una soledad inevitable

Por: Petite Janvier  • Susana Marlene Ortiz Herrera

Cuando la noche es más extensa que el día, donde te sumerges en una prolongada e intensa oscuridad; deseas cerrar los ojos y que tu vida se acabe ya. Esa terrible sensación ocurre cuando tú corazón se apega a un amor que te deja por otro corazón. Y es cuando comprendes que por absurdo que parezca te anclas a la vida de alguien más.

“La Voz Humana” escrita por Jean Cocteau, dirigida y adaptada por Alonso Ruizpalacios, con la música de Francis Poulenc, bajo la dirección musical de Tomás Barreirouna, nos adentra en una estupenda ópera que a través del canto y la música nos explica como una mujer se hunde en una profunda depresión por la pérdida de un amor al que estaba unida a través de la tecnología.

La obra inicia con una plática a través de señas, donde una voz humana dice que ya no existe tal relación, el corazón ha dejado de sentir esa vibrante sensación de amor que te inquieta cada vez que la vez o escuchas hablar. Mientras que la voz endulzante del canto te narra que sigue enamorada cada día más, que no puede dejar ir a su amor perdido, porque la vida ya no tiene sentido para ella, porque ha entregado su vida noche y día a su amor a través de una conexión telefónica que la deslumbra cada vez que comienza a sonar.

La voz del piano fascinante nos hace sentir la inmersa depresión y desamor que conlleva a tomar la decisión de querer terminar con tu vida, porque se niega a aceptar la profunda soledad en que ha caído, esperando una motivante reflexión para volver a comenzar.

El maravilloso theremin es aquella voz que representa la temible tecnología, donde se conecta para reclamar, incitar, evidenciar, desmotivar y encarar la verdad que enlista el puente abismal de una relación que ha dejado de amar.

El clímax teatral llega cuando las cuatro voces hablan sin parar, donde interactúan armoniosamente para mostrar el pasado que ya no está, el presente que se resiste a entrar y el futuro a cambiar.

Y así culmina esta hermosa opera que entre la voz, la música y el lenguaje de señas nos permiten ver la influencia de la tecnología en las relaciones cercanas y a distancia, la pérdida de un amor, el suicidio, el desapego y el surgimiento de una nueva vida.

Leer Más

CRÍTICA DE “LA VOZ HUMANA”

Por Marez Vela • Lucero Guzmán Pérez

La voz humana de Francis Poulenc. Libreto de Jean Cocteau

Adaptación y dirección: Alonso Ruizpalacios

Dirección musical e intervención: Tomás Barreiro

Con: Ana Gabriela Schwedhelm, María Evoli, Lydia Kavina, Judith Thorbergsson.

La perfecta armonía entre el piano, el theremin, la voz de la soprano, la actuación, las imágenes proyectadas en la pantalla; produce una cascada de sensaciones indescriptibles, que sólo se pueden traducir en “la voz humana” dirigida por Alonso Ruizpalacios.

Esta obra desarrollada es un solo acto muestra una actuación donde el lenguaje corporal de las protagonistas, cada gesto, cada movimiento, cada micro expresión es analizada fríamente por las cámaras. Lleva consigo una constante guerra entre la empatía y la repulsión por ese personaje amoroso y su objeto de amor, la cual se potencializa gracias a la atmósfera de tensión que crean el piano y el theremin, interpretados Judith Thorbergsson y Lydia Kavina, respectivamente.

“La voz humana “ muestra con claridad la decadencia no sólo de un amor pasado, sino el de uno mismo, representado por Schwedhelm, protagonista de la historia. La mirada del personaje tiene algo particular que penetra hasta lo más profundo, logrando conectar con cada uno de los espectadores, transmitiendo esa sensación de discordia interna. Una esperanza con la que nadie quiere cargar, pero de la cuál todos hemos sido presos. Es precisamente esa mirada la responsable de establecer la conexión entre la soprano y el público.

María Evoli, en su interpretación de la persona amada, es capaz de transformarse de forma brusca y sutil durante toda la obra; de un lenguaje a otro con grandes saltos, apenas perceptibles a pesar de lo evidente en el lenguaje. Llena con su interpretación ese vacío que representa su personaje; la ausencia de lo vivido, la presencia del ahora sin rastros del ayer.

Estas dos actuaciones forman una colección perfecta, al interactuar hacen desaparecer la distancia que las separa. Ese medio de comunicación que las aleja y a la vez las une, se vuelve nada y a la vez todo.

Los videos nos muestran un recorrido a través de su historia de amor, representando los altibajos de la relación. A través de las grabaciones se puede acceder a la historia de la pareja desde la perspectiva de cada una de ellas. Por un lado la protagonista; estancada en una felicidad que ya pasó, la amada; en una posición diferente, dejándolo todo atrás; algo que la protagonista es incapaz de ver. Una relación tan sencilla a primera vista, pero que encierra una complejidad que únicamente algo tan misterioso como el amor puede sobrepasar.

Por su parte, la analogía de la conexión de red que en todo momento falla, crea una atmósfera en la que el espectador se encuentra con una parte profunda dentro de su inconsciente, una parte quizá reprimida, pero presente. La espera por una parte, la indiferencia del otro lado de la video llamada.

De una manera muy subjetiva me atrevo a decir que esta obra evidencia, de una forma exquisita, la otra cara de la esperanza. Cuando el anhelo se convierte en lo indeseable; cuando el amor antes correspondido se vuelve una carga pesada con la que nadie quiera vivir pero a la que todos estamos expuestos de la manera más vulnerable.

El único defecto a discutir de esta puesta en escena es su corta temporada, nadie debería adentrarse a las oscuras artes del enamoramiento sin antes presenciarla.

Leer Más

LA VOZ HUMANA ODA COMUNICATIVA

Por M. Trépat • Mariano Zapata

Te amo.

Una mujer

La comunicación como base absoluta del amor, más allá de una necesaria frontalidad, encuentra espacio en la intervención tecnológica entonces recién masificada dentro del texto de Jean Cocteau. La posibilidad de cómodo acercamiento y evasión se convertía en realidad con la llegada del teléfono.

La adaptación de Alonso Ruizpalacios expone y potencializa esta premisa con la mezcla de lenguaje vocal, físico, musical, de señas y audiovisual, logrando con ello una innovadora puesta en escena a partir del formato de una ópera de cámara que con dichos elementos entre sí, se complementan.

En ‘La voz humana’ Una Mujer (Ana Gabriella Schwedhelm) entra en contacto telefónico con Otra Mujer (María Evoli); tras abordar un par de banalidades comienza el diálogo con el que su relación corre el riesgo de terminar, propiciando frustración en Una Mujer y su desesperado intento porque ello no suceda.

Si bien la anécdota es simple, el suceso destacado escénicamente hablando resulta ser la pantalla que de piso a techo refleja la comunicación entre las protagonistas, cuyos diálogos son grabados eventualmente por un par de cámaras para esta finalidad, un circuito cerrado de transmisión técnica y fotográficamente- un blanco y negro de tono opaco por el cual el director ha mostrado preferencia en sus anteriores trabajos audiovisuales- ejecutado con un alto estándar de calidad. A nivel discursivo y metafórico todo está en función de la principal línea discursiva del proyecto: una metáfora que sintetiza la comunicación universal convergiendo al teatro como elemento vivo en simultáneo con recursos tecnológicos enmarcados por una ópera de 1930.

En la pantalla se puede apreciar también de forma progresiva y paralela a la charla, figuras retóricas que acentúan los arcos dramáticos. Un acierto a reserva de la aparición forzada y casi gratuita de un perro.

Musicalmente el piano que acompaña (Judith Thorbergsson) climáticamente es altamente efectivo, e incluso una licencia de Ruizpalacios en este sentido fue agregar, a diferencia de una ópera de cámara convencional, un Theremin (Lydia Kavina), personaje que cumple con el propósito sin mayor pretensión.

La interlocución es otra licencia brillantemente insertada por el director. Y es que María (Otra Mujer) no existe como tal en el texto original, sin embargo esto ayuda a extrapolar la idea de una conexión lingüística en este microcosmos de poderosa feminidad. Si bien María Evoli carece de fuerza y disminuye el tenor de su contraparte al expresarse vocalmente, no demeritan los diálogos aunque si un tanto la fuerza de los mismos, esto en contraparte con su contundente peso escénico.

‘La Voz Humana’ es un suceso donde conviven elementos que nutren el concepto de voz como simple comunicante; un potente relato que exhibe lo vulnerable de la necesidad humana por escuchar y ser escuchado, de comunicar a pesar de las finalidades o consecuencias. Porque al final en mayor o menor medida Una y Otra Mujer somos todos.

La obra encontró su propio lenguaje entre varios lenguajes, además de la capacidad de transmitir con este lo que, como decían los griegos y el director cita en el programa de mano nos separa de las bestias: la voz.

Leer Más

LA VOZ HUMANA, LA VOZ AUSENTE

Por Fabián Quintanar • Josué Fabián Quintanar Trejo

Voces inundan el teatro Juan Ruiz de Alarcón y repentinamente se extinguen al unísono ante el portento de un lenguaje más atractivo que el murmullo colectivo del público: una actriz se ha apoderado del escenario, de las miradas y de los oídos ávidos de espectadores que sólo perciben el silencio atónito de un inaprensible discurso en lengua de señas.

Si me propusiera abstraer la obra dirigida por Alonso Ruizpalacios en una palabra, ésta sería “ausencia”; pero más que de un mero simplismo, lo verdaderamente interesante radica en cómo se logró generar tan angustiante sensación no sólo a partir del texto (libreto de Jean Cocteau), sino con base en la utilización de todos los recursos escénicos y de las resonancias de un teatrero amante del cine, un director cineasta1.

Una actriz (María Evoli) emite señas desde proscenio, una mujer (Ana Gabriella Schwedhelm) entra desde las butacas mientras pronuncia palabras con acento alemán, le siguen dos mujeres (Lydia Kavina y Judith Thorbergsson) con la misma dinámica y acento, pero éstas se detienen, una ante el theremin2, otra ante el piano.

Varios son los elementos que invitan a los asistentes a aplaudir de pie después de setenta minutos de función, sin embargo, a mi parecer, la verdadera brillantez de la obra consiste en su capacidad para denotar la ausencia a partir de la más cruda y proverbial presencia, la incomprensión mediante el uso simultáneo de múltiples y variados códigos, y la incomunicación por medio de dos personajes que están frente a frente.

La mujer canta en inglés, las notas emitidas por el piano resuenan en la sala, el theremin gime lamentosas melodías, la otra mujer produce señas, la mujer canta en francés; en el escenario, totalmente cubierto por una tela, cual sala de cine, se proyecta la imagen de las mujeres en un cuadro absolutamente cinematográfico de pantalla dividida que alude a una llamada telefónica.

En un nivel superficial, el texto de Cocteau es simple: la obstinación por mantener contacto a través de un medio que, a pesar de sus virtudes tecnológicas, es incapaz de transmitir verdaderas emociones y que, en lugar de una vía, termina siendo una barrera con bandera de soledad. Pero esa lectura es apenas el pretexto para el desarrollo de una obra de complejas apreciaciones en las que, más allá de la anécdota, más allá de una crítica a los nuevos medios, más allá de la actualidad de un problema de inicios del siglo XX3, habla de la incomunicación humana que se esconde en la misma voz, en la voz escandalosa pero silente, en la voz ubicua pero ausente.

…el piano, el theremin, la lengua de señas, el francés, la imagen cinematográfica, el acento alemán, el theremin, el piano, la mujer…

La iluminación en las butacas no se ha apagado, nadie escuchó la tercera llamada, sabemos que la obra ha comenzado porque desde hace cinco minutos los signos en escena nos invaden, aun así es difícil comprenderlo todo, ni a la luz del teatro, ni a la luz de la vida real que no dio tercera llamada.

Los personajes no logran comprenderse ni a la luz del maravilloso invento telefónico.

Pero, lector, no se preocupe en caso de no comprender idiomas ajenos; con bondad de cineasta, el director nos ha regalado algunos subtítulos en español para los que aún no sabemos encontrar la verdadera esencia en la voz humana.

 

1Recordemos los recientes trabajos cinematográficos de Ruizpalacios: el cortometraje “Café Paraíso” y el largometraje “Güeros”.

2Instrumento musical electrónico inventado por Lev Theremin.

3Cocteau escribió la obra en 1930.

 

Leer Más

TEMPERATURAS INVISIBLES: LA VOZ HUMANA

Por Conejo Manzanillo • Gabriel Rodríguez Álvarez

La voz humana es imperceptible a los ojos pero nunca a la vibración del tímpano. Cuando se trata de gestos, es esencial la mirada para comunicarse, aunque haya una pantalla de por medio, y las distancias se acorten o crezcan con los temperamentos. Tan cerca en un latido y tan lejos en otro, en un compás de contrastes agigantados a través de circuitos cerrados de video, que proyectan planos cerrados de las actrices que gozan, sufren y superan la enfermedad del enamoramiento, al perseguir su objeto del deseo que se desvanece frente a sí mismas. Al ser escrita en 1930, la telefonía no reinaba todavía pero las claves de la dependencia y la manipulación a distancia, ya se percibían en los hogares. Apenas el sonido se asomaba en el cine y la radio ya despertaba la imaginación a través de las ondas hertzianas.

En la adaptación de la obra de Jean Cocteau que realizó Alonso Ruizpalacios con música de Francis Poulenc intervenida y dirigida por Tomás Barreiro, el riesgo es alto porque en la búsqueda del acontecimiento, se apostó por llenar la caja del Teatro Juan Ruiz de Alarcón y convertirlo en una sala de cine para espiar, mediante los planos cinematográficos esos rostros ligados a sus cuerpos bajo la lupa de la cámara y servir de telón para los recuerdos y anhelos de Una mujer, interpretada por Ana Gabriella Schwedhelm, quien coloca la gama de registros vocales de acuerdo a los sentimientos que hierven al extrañar, recuperar y perder el pulso de los deseos con su amante, que da vida María Evoli, a través del lenguaje de sordos. La ópera en la que se dan a entender sin ambivalencias del corazón, se acompaña de un piano temperamental ejecutado impecablemente por Judith Thorbergsson, que envuelve el laberinto, con disonancias para acentuar el ruido de cuando lo amoroso cede a la pulsión de encerrar y encapsular lo indefinible del amor. Tan imperceptible como la forma de ejecutar el Theremin en el aire y sin usar aparentemente ningún aparato a la vista, en una inmejorable metáfora de los hilos invisibles que mueven las emociones, desencadenan actos y experimentan sus consecuencias.

En el suelo, una sábana inmensa hace infinita esa alcoba que gravita en la intimidad desnudada públicamente, a través de los canales audiovisuales que amplifican cada gesto. El vestuario de Ximena Barbachano y la escenografía y utilería de Alejandra Quijano bajo la iluminación de Ingrid SAC, integró sus contrastes entre el negro y el blanco para dar presencia a lo sonoro por encima de lo visible. En la densidad escénica, los idiomas suman a las capas de los signos y desafían a cada espectador para que coloque en su propio mosaico, las piezas del significado encerrado. La apuesta operística se sostiene en los bajos y las melodías del teclado, a los que añade tensión dramática la ejecución de Lydia Kavina, alumna de Léon Theremin, creador del instrumento y quien en la obra, aporta una exclamación en ruso como llave para el distanciamiento con la sufrida mujer, que se lamenta en francés. De principio a fin se van conjugando los verbos, silenciosos o estridentes, que las pasiones inflaman en una catártica escalera de metamorfosis irreversibles.

Hay resonancias del film Persona (Ingmar Bergman, 1966), en las imágenes de los perfiles en alto contraste y los acercamientos al cuerpo en la destacada fotografía de María Secco, que fluyen en la edición de Julián Sarmiento del diseño de video de Philippe Amand. La manipulación de subtítulos de Alberto Giles, subraya la plasticidad narrativa sobre el lienzo del escenario que se abre en la pantalla y continúa en la sábana extendida y arrugada. Como los sonidos, las letras pueden representarse y transgredir los lugares comunes que se le da a la letra sobre la tela, como mero envase de las palabras y no protagonista o reflejo de los estímulos de la trama. El objetivo es llevar al límite la atracción erosionada y seguir el desapego de seres que se quisieron. En los tiempos oscuros en los que vivimos, mucho aportan las reflexiones sobre la armonía en la comunicación, como un acto de dos. Envueltos en los espejismos de las visiones, hace falta cerrar los párpados y mirarse con los corazones.

 

Leer Más

LA VOZ PERDIDA

Por Bruno Villarreal • Bruno Iñaki Rosales Villarreal

Un escenario con un piano a la izquierda, un theremin a la derecha y dos cámaras con micrófonos un escalón arriba de los instrumentos, una a la izquierda y otra a la derecha. Sábanas blancas yacen en el suelo. El director de la obra, Alonso Ruzpalacios, (director de la película Güeros y de múltiples obras de teatro) nos recibe diciendo que la soprano cantará a media voz debido a que la temporada en realidad empieza al día siguiente. Ruizpalacios sale, la obra empieza.

La enamorada (Ana Gabriela Schwedhelm) que espera el regreso de la amante (María Evoli) comienza a cantar sus llamadas telefónicas a la amante. La amante responde en lenguaje de señas, dejándonos la duda de lo que dice, pero con su expresión corporal y de rostro nos llega el mensaje, para que el vaivén de energías entre ambas sea claro. El aparente soliloquio de las llamadas es alrededor de lo que gira la obra, en él se descubren las emociones más melodramáticas pero universales.

La relación entre ambas se desenvuelve frente a nosotros dejando en el suelo las sábanas blancas sobre las cuales se ponen de pie. El desenvolvimiento se logra a través de juegos de sombras; proyecciones en la pantalla (¿o telón?) grande con videos de ellas platicando en vivo, dejando así un hueco enorme entre las amantes que nunca se ven realmente a los ojos aún estando enfrente, solo a través de la pantalla; la composición musical que con un piano y un instrumento tan extravagante como el theremin hacen un dueto perfecto para ser parte esencial de la obra y envolvernos en las capas que solo la música puede; el canto a media voz de la enamorada, una media voz que se pudo percibir vibrante en nuestro tímpano, que tenía la fuerza de una voz completa; las respuestas de la amante con lenguaje de señas, la voz muda, que también es una voz completa y compleja; el minimalismo de la puesta en escena con tan solo unas sábanas en el suelo. Todas las piezas que están en el escenario se acoplan y dan el desenvolvimiento correcto, no se puede pedir mucho más cuando una obra abarca tantas disciplinas y lo hace de una forma amalgamada, sin baches, concreta, completa y sencilla.

Las actuaciones de las enamoradas tienen una fuerza en sus rostros y cuerpos que te hacen estar al tanto de cada movimiento. Las voces (tanto las que se escuchan como las que no) llegan a nosotros y se quedan, y digo voces porque traspasan sin duda la idea de los diálogos, del soliloquio, porque una voz es más que un simple diálogo, es fuerza, motivación, impulso, pensamiento, reflexión, y un largo etcétera. Las fuerzas de relación entre ambas son potentes y nos hacen reflexionar la mayor parte del tiempo lo que se dice y hace. A pesar de que la obra ya haya terminado la sigues pensando y repensando, incluso días después, entonces uno termina haciéndose una pregunta bastante importante: ¿cuándo termina realmente la obra de teatro?

La voz humana es una obra que hace evolucionar el pensamiento, reflexiona en el lenguaje y la comunicación humana, dice lo que tiene que decir y deja huella en nosotros como espectadores. La voz humana es una multitud de voces que resuenan en los detalles de la obra, es un microcosmos lo suficientemente universal para llegar a nosotros de forma sutil. La voz humana es una obra que debe ser vista porque nos concierne a todos, nos alimentará de una u otra manera y nos hará pensar, concientizar lo que expresamos cotidianamente. La voz humana, finalmente, es una pequeña onda que viaja perdida en el espacio esperando a que alguien conteste del otro lado de la línea.

Leer Más