LAS LÁGRIMAS DE EDIPO Y LA NECESIDAD DE CONTAR HISTORIAS

Por Pasajera Andante • Laura Quintero López

¿Qué tiene en común el llanto de Edipo con los gritos y la rabia de un país que clama justicia? Historias paralelas, separadas por miles de años se hacen presentes en las “Las lágrimas de Edipo”, dos realidades distintas conviven para describir una serie de sentimientos humanos que son atemporales y que tienen un punto de encuentro: la tragedia.

En una noche obscura y silenciosa, en la que Edipo y Antígona, su hija y hermana, buscan guarida para que el primero pueda encontrar la muerte, llegan a un sitio desolado y vacío que parece ser el presagio de una desgracia.

“Hija de este anciano ciego, Antígona, ¿a qué región hemos llegado? ¿Qué gente habita la ciudad? ¿Quién hospedará en el día de hoy al errante Edipo, que no lleva más que pobreza?”, pregunta Edipo.

“Padre mío, infortunado Edipo, las torres que defienden la ciudad se ven ahí delante, algo lejos de nosotros”, responde Antígona. Y así en medio de la oscuridad descubren que se encuentran en las ruinas de un teatro abandonado, a las que acude una joven extranjera, para quien, ese lugar le significa un templo, a través del cual se pueden contar historias, esta no noche, una en particular; la de Julio César Mondragón, asesinado la noche del 26 de septiembre de 2014, y la de sus 43 compañeros desaparecidos.

La maestría con la que Hugo Arrevillaga Serrano, adapta la obra de Wajdi Mouawad, a la realidad mexicana, consigue tocar las fibras más sensibles del espectador, logrando que el teatro nos acerque a una realidad que no vivimos desde nuestra experiencia personal, sino de la experiencia de los demás.

Los personajes de Edipo, interpretado por Ulises Martínez, el de Antígona; por Vicky Araico, y la extranjera; por Mitzi Mabel, evocan al público a sentir como suyo el dolor ajeno, el dolor de la familia y amigos de Julio Cesar Mondragón, el joven que fue desollado a manos del ejército y de todas las personas cercanas a los 43 jóvenes normalistas, que aún permanecen desaparecidos.

Los cantos entonados por la extranjera, quien denuncia y clama justicia por todos esos jóvenes, son susurros conmovedores y esperanzadores al mismo tiempo.

Las lágrimas de Edipo, retoma un clásico de Sófocles y lo compagina con uno de los acontecimientos más dolorosos de la historia contemporánea de nuestro país. La metáfora de las lágrimas de Edipo, que ante la falta de sus ojos derrama lágrimas de sangre, viene a recordarnos los sentimientos más humanos y a sensibilizarnos sobre una tenebrosa realidad que se ha normalizado, que tras poco más de dos años, muchos hemos olvidado y otros incluso decidimos ignorar desde el principio.

Si bien esta obra de teatro contemporánea, pretende a través de la tragedia hacer una crítica a la impunidad y a la corrupción que prevalece en las instituciones de nuestro país, también hace un llamado a quienes han dejado de escuchar el llanto y el dolor durante muchos años, es una evocación a levantar la voz, ¿qué nos queda a quienes sabemos que las cosas están mal y deben cambiar?, según Hugo Arevillaga; contar historias y hacer que sean escuchadas.

“Sólo nombrando los hechos podemos aspirar a desentrañar el enigma de la Esfinge que hoy por hoy ha tomado la forma de la clase política más cruel, más deshumanizada y más feroz”, reza la obra.

En el actual contexto de inseguridad y violencia, blindada por las mismas instituciones, esta obra se convierte en una poesía que rompe la tranquilidad de la noche, para evocar que, en ante la tragedia y las desgracias, hay algo que se vuelve preciso: contar esas historias.

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LAS LÁGRIMAS DE EDIPO Y EL DOLOR INCONEXO

Por Ethbet • Ethel Betsaida Ramos Torres

Como Lars von Trier con sus siempre protagonistas mujeres, Wajdi Mouawad ha hecho de las relaciones consanguíneas su medio para explorar el universo de emociones humanas provocadas por su misma naturaleza.

Después de su tetralogía La sangre de las promesas, el escritor libanés se instaló en el gusto del público mexicano, como uno de los más avasalladores y emotivos dramaturgos contemporáneos. Al igual que en aquella ocasión con Litoral, Incendios, Bosques y Cielos, el responsable de llevar a escena Las lágrimas de Edipo, ha sido el director Hugo Arrevillaga. Esta dupla ha logrado trastocar al público hispano con historias que hasta para el más impasible resultan inquietantes: Un joven, con el cadáver de su padre en las espaldas, parte en búsqueda del pasado de aquel hombre casi desconocido. El infortunio de una mujer plagado por la violencia, la guerra y el terror de sus congéneres, hijos, padres y amantes, son ejemplos de los argumentos que dan inicio a las obras de Mouawad. Incluso, en su trabajo para el público infantil, el dolor de la pérdida y el enfrentamiento con la muerte, quedan conmovedoramente impresos en la obra Pacamambo.

En el caso de Las lágrimas de Edipo, montada en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, del Centro Cultural Universitario, se transporta al espectador al momento en que un padre-hermano, errante y ciego, pena en compañía de su hija-hermana, cargando a cuestas la desgracia de su familia y su pueblo.

En un teatro tipo arena de aproximadamente 5×5 metros, revestido por cinco estructuras delgadas de metal, circunscritas dentro de un circulo de arena, inevitable evocación brechtiana, la dupla Mouawad-Arrevillaga dejó entrever su arrojo. Sin embargo, la necesidad de hacer dialogar las tragedias clásicas con las acontecidas en el presente puede derivar en dos historias inconexas y dispares en profundidad.

La desgracia acontecida hace más de dos años a los jóvenes normalistas de Axotzinapa es un tema espinoso, presente en la sociedad mexicana como un grito silencioso. Conectar la historia de Edipo con la de Julio Cesar Mondragón, el joven normalista encontrado desollado, era una premisa que se auguraba apabullante y conmovedora, pero que en resultado dio, por un lado, una obra cargada de búsqueda, consuelo y lealtad entre un padre y una hija que se reconocen como hermanos de madre y patria, y por otro, un cuasimonologo plañidero que no logra conectar con la tragedia que aborda, y aún menos con la griega. A pesar de ello, una constante de Mouawad-Arrevillaga se encuentra en lo que en ésta ocasión quedó inconexo; y es que la patria que destierra a Edipo y a Antígona, padre e hija errantes, no es menos tirana que aquella que mata y abandona a sus hijos: Tebas y Axotzinapa traicionadas por su madre; es la sentencia leída en Las lágrimas de Edipo.

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EDIPO SABE QUE NO ES INOCENTE

Por Dylan Rigby • Éleonor Gonzalez Roldán

En las ruinas de un viejo teatro, dos noches terribles, de dos tiempos distantes, convergen y se encuentran…

Por un lado Edipo, viejo, ciego, y triste, se adentra en las ruinas en compañía de la valiente Antígona, buscando un refugio para morir. Afuera ruge, furioso, un pueblo desconocido. Por otro lado, una joven de la época moderna. Ese pueblo que ruge, clama y reclama justicia por la muerte de Julio César Mondragón, joven normalista asesinado y torturado junto a varios de sus compañeros de Ayotzinapa el 26 de septiembre de 2014. La noche emana luto y dolor.

El teatro y la muerte hermanan el tiempo de la tragedia griega con el tiempo moderno en esa noche. El asesinato es punto clave en ambas historias: ¿Qué le da a un hombre el derecho de decidir sobre la vida de otro o consentir que muera? Edipo es culpable a pesar de sí mismo, el soldado sigue órdenes, eso no los hace menos humanos, pero tampoco los justifica. Los asesinos también cargan con su doliente humanidad. Edipo, por ejemplo, habría sido un niño feliz, que amó a su madre y buscó en sus brazos su cariñosa protección. Pero esto no impidió que se convirtiera en un asesino. Los policías que mataron y torturaron tan cruelmente a Julio César también son humanos, hombres con madres, padres, recuerdos de infancia, quizás hijos propios; hombres a los que todo eso no detuvo aquella noche.

Las lágrimas de Edipo es un drama escrito por Wajdi Mouawad en 2014 y adaptado y dirigido por Hugo Arrevillaga. No se trata de una apología del asesinato, sino de encontrar un espacio para el luto, para la terrible realidad que es la muerte de la juventud y para reflexionar sobre la situación de un país cuyos jóvenes caen víctimas del poder. Ese poder implícito, que se esconde en las sombras, es la nueva esfinge que nos cierra el camino: sus palabras son intimidantes porque son incomprensibles, y por tanto derrotarla es una empresa casi absurda. Sin embargo es precisamente a través de las palabras y la memoria que se le puede debilitar: eso es lo que hace esta obra, abrir un espacio para la memoria, para combatir el olvido.

Enunciar lo que sucedió no hará que los hechos desaparezcan, pero nos ayudará a ser conscientes de ellos, a no olvidarlos y en un momento dado, a no repetirlos. Dentro de este espacio de reflexión, de la mano de Antígona y “la extranjera,” se logra dar voz al luto femenino; ese luto de quienes la historia, los medios de comunicación, la sociedad, han dejado en el olvido: ellas son las compañeras (esposas, novias) e hijas de los caídos, quienes como sus padres, han sufrido la ausencia y desaparición de sus seres queridos.

El tema de la obra bien podría parecer simplemente solemne y sombrío, sin embargo la fuerza escénica de los tres actores en escena: Vicky Araico, Mitzy Mabel y Ulises Martínez, se sobrepone dignamente a la dolorosa tarea de contar una historia tan terrible. Los tres poseen una destacable poética corporal que, ligada a la intimidad del foro Sor Juana Inés de la Cruz y a un excelente trabajo de iluminación y planeación escénica dan por resultado un espectáculo que, como una sinfonía, interpone silencio con frenesí. La obra oscila así entre la calma de la noche y el frenético miedo a la muerte que, desde tiempos inmemoriales ha llevado al hombre a cuestionarse, descubrir y crear, pero también a destruir y matar, sabiendo que no es inocente.

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LÁGRIMAS

Por Constantin Constantius • Haydeé Muñoz

La situación política de nuestro país proporciona motivos suficientes para llorar. Es innegable. Ante los hechos, se construyen plataformas, escenarios, calles donde dichas lágrimas sean vertidas y tomen el curso de su propia naturaleza.

Quizá en el intento de aportar una voz propia a la protesta social, es que, desde su profesión, el director Hugo Arrevillaga decide apropiarse y adaptar, con permiso del autor, la obra ‘Las lágrimas de Edipo’, de Wadji Mouawad.

La anécdota, que tuvo como escenario el foro Sor Juana Inés de la Cruz del CCU, plantea la llegada de los fugitivos Antígona y Edipo a un teatro abandonado. En pena por su desgracia, se encuentran a una joven de la época actual que conoce a los personajes y se sorprende con la casualidad y la encarnación del mito. Pronto se entiende que esto sucede durante la noche en que los 43 estudiantes de Ayotzinapa son desaparecidos.

El hecho real, con el que una gran mayoría de la sociedad sigue indignada y atónita, tiene dimensiones colosales. El destino, aún desconocido de los jóvenes, resulta tan fatídico pero más doloroso que el de Edipo, por ser un suceso histórico, porque apenas pasó, apenas (nos) está pasando.

El arte es un medio ideal para expresar inconformidad, para sensibilizar, para provocar consciencia social, para denunciar. Desgraciadamente en este montaje, la propuesta y ejecución hacen que le quede grande el saco de tejido tan rugoso pero delicado.

De inicio, el planteamiento ficticio no termina de cuajar. En la ficción puede suceder todo, mientras se cree una congruencia que sostenga la convención. Eso no sucede. No hay una explicación de cómo los Edipo y Antígona griegos llegan a un espacio contemporáneo mexicano. Según algunas fuentes, el dramaturgo concibió la obra alrededor de un hecho en Atenas, en el que un policía mató a un chico de 15 años en una manifestación.

De ser cierto, las coyunturas que suceden en la ficción parecen tener más sentido. Es Atenas, la actual la que converge con la Grecia antigua. Pero en la puesta que se ve en México, la adaptación y la traducción nos distancian mucho del origen. Quizá esto no fuera tan grave si la propuesta hubiera sabido diseñar un aparato poético que fuera tan potente como el insumo de la realidad a la que se pretende aludir. Pero la poiesis requiere de metáfora, de capas, de otro lenguaje.

Los hechos merecen llanto, gritos, lamentos…aquí sólo hay lágrimas de cocodrilo, a cargo de un actor que encarna a Edipo, al personaje mítico que el texto de la obra propone vencido, moribundo, humano, reflexivo…Sin embargo Ulises Martínez no posee las herramientas actorales para llevar a cabo lo que el personaje y sus circunstancias le requieren. Por tanto, sólo hay superficie, un intento roto que, en un espacio tan íntimo como el Sor Juana, es evidenciado.

El actor es acompañado por dos colegas, Mitzi Mabel, quien es la joven que se encuentra en el teatro, el umbral entre los personajes griegos y lo que sucede en la noche trágica. Su trabajo está apoyado sobre todo en una técnica vocal que, aunque es buena, no logra la sutileza y siempre está hacia fuera, como si las palabras no provinieran de ella, sino de una impostura. El otro personaje es Antígona, interpretado por Vicky Araico, quien en definitiva posee la experiencia, la técnica y la sensibilidad más avezada del montaje, pero mal direccionada.

La puesta, en el melodrama, no posee la capacidad de conmover a la audiencia. El trabajo resulta planfetario, cual esfuerzo amateur; su logro radica en rememorar algo que no ha sido olvidado.

 

 

 

 

 

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