Mateo 7, 2

Por  LOANA • Leticia Olvera Arellano

“… y con la medida con que midáis se os medirá.”

Un salón de baile donde todos se ven dispuestos a cualquier cosa… Todos los pecados capitales presentes en una orgía de sensaciones, pero sobre todo uno, el peor para la “escrupulosa” sociedad de Viena, en el que se concentra todo el libertinaje del mundo: la fornicación.

Ante la ceguera proveída por el vicio y la corrupción, viene ante nosotros la ceguera del poder y la ignorancia. No querer ver los atropellos que pasan a nuestro alrededor, ignorar repetidamente a los otros… y “el abuso de ser libres, acaba por oprimirnos”.

Como siempre William Shakespeare actual, contundente y cruel; pero en el caso de Medida por Medida, publicada en 1623, un texto pocas veces montado, también reconocemos al Shakespeare divertido, ácido y burlón, que para esta ocasión fue aderezado por un tradicional albur chilango.

No por ello dejó de lado su profunda reflexión sobre “el poder”, sus abusos y sus omisiones. Este poder que da forma o simplemente evidencia lo que ya estaba en la entrañas de la sociedad. Qué necesita el ser humano para poder ser partícipe de esa omnisciencia y ejercer la “justicia”.

Tentar o ser tentado, en realidad ¿cuál de las dos opciones te dan más poder para ejercer? Pecado contra virtud ¿cuál de estos extremos de la balanza es más egoísta? Y si solo nos queda el camino de la bondad y la bondad se encuentra enferma, en fase terminal ¿lo mejor es matarla?

Reconocemos a ese Shakespeare que siempre confronta las buenas conciencias sociales y del poder, esta vez traducido por Alfredo Michel Modenessi, junto a la dirección de Mauricio García Lozano, el diseño de escenografía y vestuario de Mario Marín del Río y el diseño de iluminación de Ingrid SAC, para ser sacudidos por la energía de las palabras y los hechos.

En el intento por imbuir al público en ese mundo sórdido, es dispositivo escénico y el público compartían el mismo espacio, sin duda funcionaba hasta el punto de sentir el movimiento energético de los actores, sin embargo siempre hubo una barrera incapaz de ser atravesada, en contrasentido de la propuesta inicial, a pesar de que la iluminación fría y neón nos regala guiños de profunda cercanía.

Con las actuaciones de Ilse Salas, Carlos Aragón, Constantino Morán, Harif Ovalle, Leonardo Ortizgris, Daniel Haddad, Paula Watson, Ricardo Esquerra, Haydeé Boetto, Pablo Chemor, Ximena Romo y Miguel Santa Rita, se logra construir un mundo lleno de perversiones, donde el leve movimiento de sillas y mesas concretaba la atmósfera necesitada para cada escena.

La corrupción hierve por todos lados y todos clamamos justicia; muerte por muerte, demora por demora, medida por medida… Pero en un mundo decadente por la ambición de poder solo puede haber corrupción por corrupción. Y en este baile todos ríen, pero nadie gana.

 

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CON LA VARA QUE HAS MEDIDO

Por Dylan Rigby • Éleonor Gonzalez Roldán

Las pasiones del hombre son caóticas, sucias, violentas, y bailan un baile grotesco, sin orden ni razón hasta que alguien, en algún momento, nos pone una venda en los ojos y entonces, del caos nace la belleza. Eso hacen las obras de Shakespeare, poner ante nuestros ojos lo bello de nuestras pasiones indignas. Ya que el amor y el odio son inmutables y eternos, sus puestas en escena se han demostrado atemporales.

Deseo, envidia, celos, son emociones universales, que pueden entenderse igual en la Inglaterra del Siglo XVI que en el México contemporáneo. Sin embargo, quizá por el estatus de clásico indiscutible que Shakespeare ha alcanzado, se le ha revestido de un halo de solemnidad que sobra. En esta puesta en escena, el director y adaptador Mauricio García Lozano orgullosamente vuelve a su Alma Mater, con una propuesta en la que ha optado por descorrer ese velo de solemnidad y proyectar un Shakespeare más mundano. Al respecto comenta: “Hay que quitarle la solemnidad a Shakespeare, él habla de nosotros, es nuestro.”

El texto original posee tanto la profundidad de una tragedia como la simpleza de una comedia, por lo cual es difícil para los críticos clasificarla. El equipo de Lozano ha sido muy consciente de esa situación y ha logrado mantener ambos tonos sin demeritar la obra. La adaptación está plagada de carcajadas y personajes entrañables con humor “a la mexicana.” Sin embargo esto no significa que la obra es simple; de hecho no es muy conocida precisamente porque para el espectador es difícil saber cómo debe recibirla. Es una obra para pensar, que alimenta el espíritu y que hay que desmenuzar con cuidado para no dejar de lado los conflictos con los que lidia: la vida y la muerte, perdón y piedad, ley y justicia.

Estos conflictos se desbordan en ese microcosmos que es la ciudad de Viena, de férreas e incumplidas leyes, donde el Conde, que tiende a gobernar blandamente, ha delegado todo su poder en Angelo, caballero conocido por su rectitud y duro corazón. Para observar cómo van las cosas en su ausencia, el Conde se es-conde tras el disfraz de Fray Ludovico, que al darse cuenta de lo lejos que ha ido Angelo en su maquiavélico intento por legitimarse en el poder, tratará de arreglar el embrollo lo mejor posible. ¿Hasta qué punto la justicia es justa en manos del hombre? ¿Si todos somos vulnerables a las tentaciones, cómo es que nos regimos por leyes tan frágiles como nosotros mismos?

Por otro lado, Claudio, hermano de Isabella es condenado a muerte por un desliz sexual con la mujer que ama, y con quien tiene intenciones de casarse. Su falta parece una nimiedad, sin embargo morirá por ella. Él se aferra a la vida: Si todos hemos de morir, ¿no es una locura aferrarse a la existencia? Pero lo hacemos, nos aferramos a una vida que quizás no vale la pena vivir, y a la que tampoco estamos dispuestos a renunciar. En su desesperado deseo de vida, Claudio es capaz de pedir a su hermana que sacrifique lo más valioso para ella: su castidad. La vida de su hermano depende de ella, ¿Qué pecado es mayor: manchar su honor o dejar morir a su propia sangre?

“Con la vara que has medido, serás medido,” dijo Cristo: los habitantes de Viena, donde la sabiduría se obtiene a un paso de la muerte y entre los que no hay ni un héroe ni un inocente, serán medidos ante la justicia. Y así, entre enredos, música en vivo, personajes entrañables por su simpleza y monólogos musicalizados, el espectador puede disfrutar de un Shakespeare para todos, en una gran obra que es, según Harold Bloom, descendiente de Hamlet y predecesora de Otello.

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MÁSCARAS DE LA VERDAD: MEDIDA POR MEDIDA

Por Farfán Cacarucci • Gabriel Rodríguez Álvarez

Donde reside el poder no falta la hipocresía y en la vanidad del mando, se anidan excesos en las reglas y las normas. La justicia no está despojada de temperatura y en la interpretación de los reglamentos, se enredan los sentimientos de quien gobierna. Entre lo cerebral y lo visceral hay motivos y razones del amor, por encima del magnetismo de los deseos. Encarnar esa gama de intenciones e instintos fue posible por la calidad personal y grupal del reparto dirigido por Mauricio García Lozano, al adaptar la traducción de Alfredo Michel Modenessi, con escalas distintas y resonancias hacia lo clásico con la pureza de las frases y su desnudez narrativa o bien, recargando el vocabulario con un doble sentido, netamente arrabalero. La jiribilla de los nombres propios y la liviandad o gravedad de sus oficios, trasplantan sin esfuerzos bruscos las esencias de la tragicomedia de George Whetstone Promos y Cassandra (1578) en las letras del bardo inglés a nuestro México actual, tan lépero desde antaño. Las butacas enmarcan el espacio con cercanía y acentúan la proximidad con los actores. Las referencias son esenciales para tejer los antagonismos que encierran las moralejas finales. Las telas dialogan con las temperaturas de los cuerpos, y las texturas sirven para subrayar y ocultar lo que envuelven las palabras. Cada intérprete revela a fuego lento sus argumentos conteniendo remolinos que explotan y se aclara todo al caer las máscaras. Mario Marín puso la piel de las cosas al servicio de la narración y los tejidos aportan su simpleza. Sor Francisca, interpretada por Ximena Romo coloca el hábito en la novicia a punto de consagrarse a Cristo y esconde su ropa interior bajo la sobriedad de los tonos de la falda, la blusa y el paño en la cabeza. La iluminación de Ingrid SAC condensa la estridencia de la luz blanca en el juzgado y la calidez de las lámparas chinas en una penumbra seductora. Con referencias a personajes de historietas, los actores hacen entrañables a seres que en el estereotipo o la rutina de los géneros, serían despreciables y con sus actuaciones, devuelven la humanidad a los oficios del control y la muerte, con un carcelero bienhechor y un policía despistado encarnados por Ricardo Esquerra, o el carismático padrotillo de Haydeé Boetto y al verdugo y charlatán mitómano de Carlos Aragón, dan lustre al lado alburero que nos acerca a Viena y sus tugurios del recreo libidinoso, en el cabaret de Doña Muycogida, donde, alternándose en las funciones, tocó el piano el Babas interpretado por Pablo Chemor y el propio García Lozano.

En esta puesta en escena de Medida por medida (William Shakespeare, 1604), Brecht y Shakespeare juegan los dados de los dilemas éticos en una comedia. El desparpajo y estridencia de Paula Watson y Tamara Vallarta como la dueña del prostíbulo, contrasta con las contenciones, dulzura y furia de Ilse Salas y Leonardo Ortizgris, los hermanos Isabela y Claudio en un laberinto de razonamientos apasionados. La condena de él, orilla a exponer la honra y la pureza de ella y sólo el buen azar puede arreglar los estropicios del puño duro del delegado Angelo, que da vida Constantino Morán con sangre fría que se entibia, respaldado por el Justino de Daniel Haddad y Miguel Ángel Barrera, quien participó en los diseños de combate escénico con la coreografía de Vivian Cruz, a partir de un leitmotif de El Baile del cineasta Ettore Scola. La finura del trazo del bailarín y actor Harif Ovalle, da al Duque elegancia y precisión, y sus rompimientos sentimentales se ganan a los espectadores. Con el bajo eléctrico acompaña con escalas de soul y blues, los monólogos de un tirano amoroso, comprensivo y bienintencionado. Realizada con el estímulo fiscal 190 de la LISR (Efiteatro) con artistas del Sistema Nacional de Creadores FONCA en la temporada 2016 de Teatro UNAM, muestra que el teatro se construye desde el interior de la semillas de la imaginación, viene de las nervaduras de la palabra y se levanta en los troncos de los personajes y las enramadas de sus aventuras y viajes interiores. Las raíces de las historias, se hunden en las neblinas del tiempo y en capas de memoria universal que se tocan sin importar latitudes, porque sus tramas encierran territorios de humanidad que perduran.

 

 

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