GRATITUD A LA NADA

Por Santiago Navarrete • Gerardo Zuñiga Sanchez

Esa nada con la que nos golpea Pedro, sin importancia, sin significados, sin valor, sin trascendencia, que nos invita a la reflexión, a cuestionarnos, a confrontarnos o a filosofar, esa nada tiene diversos sentidos según quien observe. Pero no encontramos más que un camino lleno de peros, lleno de abstracciones, que genera aún más preguntas y muchos vacíos internos. Es por ello que el trabajo de Janne Teller tiene una fuerza inimaginable, alcanza a plasmar esto que esta interiorizado y que es muy difícil de expresar, lo cual le ha valido que su novela se encuentre posicionada en un lugar inamovible dentro de la literatura. Pero como todo libro, representa un reto mayúsculo para todos aquellos que lo quieran llevar a terrenos ajenos de su germen inicial. En este caso una apuesta teatral haría embate a tremendo reto.

Conocedores o no de la obra, nos vemos sorprendidos ante un escenario solitario, vacío, pulcro y simple y comprendemos entonces, que toda la apuesta está volcada sobre la calidad actoral. La cual, no deja espacio para la crítica. Es magistral. Actores jóvenes de una calidad enorme y una entrega total han memorizado dos horas de diálogos y más que memorizar han encarnado de manera titánica los papeles de niños, siendo agredidos, cuestionados, sometidos, siendo llevados por sus pasiones más ocultas, por sus dominios más secretos y para ello no importa el género del niño, la religión, manías, miedos o gustos, con pequeños cambios de accesorios y hábiles cambios de voces y posturas, dan vida a aquellos que tratan de manera impetuosa y progresiva hacer frente a la cantidad de golpes verbales que les ha hecho sufrir Pedro. Una magia empieza a emanar en el escenario pero rápidamente se traslada a todo el teatro, la dinámica de la obra nos hace participes y no somos capaces de contemplar a todos al mismo tiempo, seguimos a Pedro por sus recorridos constantes, nos subimos con él al árbol, lo miramos hacia arriba literalmente y desde la posición filosófica que ha adoptado y después vamos conociendo, simpatizando o enemistándonos con los jóvenes que nos llevan a la escuela, a sus pasados, a sus pensamientos, a sus casas, a la fábrica, a la iglesia, a aquella ciudad y quedamos en medio de todo. Pero tal vez la mayor sacudida que recibimos como espectadores es que somos golpeados por instantes de drama puro, que nos obligan a guardar silencio y poner expresión empática, triste y melancólica con quien sufre y después juegan con nuestros sentimientos y nuestros alcances para cambiar de estado de ánimo y somos llevados a una risa incontrolable y espontánea y alternamos durante gran parte de la obra sentimientos polarizados.

La puesta en escena tiene un seguimiento respetuoso por la novela que interpreta, no hay alteraciones que desvirtúen la idea que plasma, este respeto se agradece porque pese a ello esto no se pelea con la originalidad, el sello particular y la propuesta de la obra. ¿Qué sería de una buena historia con un mal equipo teatral? Será pregunta para otra ocasión, ya que aquí existe una conjunción, la unión de dos piezas destinadas a embonar. Digo equipo porque, si bien los actores encaran a ese monstruo llamado espectador, son acompañados por un equipo de sonido y luces de intervención puntual y cronométrica, también son el reflejo de una dirección visionaria y capaz y son el rostro de todos aquellos que apostaron por el exitosísimo proyecto. Criticar la obra me parece inválido, tal vez algo más propio sería darles las gracias que no alcanzaron a dar mis incontables aplausos por su magistral trabajo y por la enorme experiencia.

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LA REPRESENTACIÓN DE TODO A PARTIR DE LA “NADA”

Por Miztli Ahuachtli • Rocío Antonia Hervert Hernández

Cuando me enteré que habría una versión teatral de “Nada”, la controversial novela juvenil de la escritora danesa Janne Teller, me entusiasmó pensar si el montaje sería igual de impactante, que el libro.

Fue la producción general de Teatro UNAM, quien asumió el reto. Bajo la Dirección de Mariana Giménez y la Adaptación de Bárbara Perrín Rivemar; con los actores Eduardo Abraham, Lila Avilés, Pablo Marín, Andrea Riera, Lucía Uribe y Leonardo Zamudio; “Nada” se presenta de jueves a domingo, en una corta temporada del 17 de noviembre al 16 de diciembre de 2016, en el Teatro Santa Catarina.

La historia comienza el primer día de clases de un nuevo ciclo escolar, cuando Pedro; abandona la escuela, después de aseverar frente a su profesor y el grupo, que ha descubierto que nada importa en la vida y por tanto no vale la pena esforzarse por nada; sale del aula dejando a sus compañeros perplejos. Desde ese día, Pedro sube a un ciruelo desde el cual, desafía constantemente a sus compañeros con sus argumentos sobre que en la vida nada tiene sentido. Tanto los desmoraliza; que estos se empeñan en demostrarle, pero sobre todo convencerse a sí mismos, que Pedro se equívoca y que en la vida hay cosas que sí importan. Deciden hacer una “montaña de significado” sobre la cual, cada uno aporte algo de verdadero valor. A partir de aquí comienza un juego que se torna cada vez más siniestro hasta el final, alcanzando dimensiones realmente insospechadas.

“Nada”, es una fábula para adolescentes y adultos que invita a la reflexión, pues plantea interesantes dilemas psicológicos y existenciales sobre el sentido de la vida, y del miedo que se experimenta ante la posibilidad de que nuestra existencia no tenga trascendencia. En la historia los protagonistas (preadolescentes), se convierten en unos fanáticos y obsesivos de esa búsqueda, haciendo aflorar la vena irracional y brutal del ser humano.

 

En esta adaptación teatral, se respetó fielmente los acontecimientos descritos por Teller en su novela, sin embargo, no por ello se percibe como una copia de la historia original, pues el montaje cuenta con una personalidad propia; como lo es el diseño de escenografía, la cual se caracteriza por la ausencia de decoraciones visuales, telones o mobiliario adicional; dando congruencia al título de la obra, pues tal como puede leerse en el programa de mano “es ese el poder del teatro: hacer algo donde antes había nada”.

 

A excepción de quien interpreta a Pedro, a quien le percibí plano y falto de emotividad en su personificación; ese escenario aparentemente vacío, fue cubierto en su totalidad por las potentes y convincentes actuaciones del resto del juvenil reparto; quienes lograron transportarnos a los diferentes lugares donde se suscitaban los hechos; un aula de clases, una fábrica abandonada, etc. Asimismo, auxiliados de accesorios simples, como una diadema de cabello o un gorro; pero sobre todo, gracias a su capacidad interpretativa y estupenda expresión corporal, dieron muestra de su versatilidad histriónica al dar vida a los diferentes personajes que intervenían en los acontecimientos, y hacernos vivir su angustia.

 

La obra mantiene un ritmo dinámico con subidas y bajadas emocionales, humor, expectación y drama; momentos en los que la iluminación y sonido estuvieron acordes con el tono del instante particular que se vivía.
“Nada”, merece la pena verse, porque sacude la conciencia y perturba interiormente. Es un montaje en el que con aparentemente Nada, pudo representarse Todo.

 

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NADA, DEL LIBRO A LA ESCENA.

Por Maximo • Armando Máximo Hernández Sánchez

Nada de Janne Teller, presentada en el teatro Santa Catarina bajo la dirección de Mariana Giménez, revive la clásica pregunta: qué es mejor, el libro o la obra de teatro. El lugar común dice que el libro, aun antes de siquiera ver la obra o leer el libro. Sin embargo como otro lugar común dice, eso sería comparar peras con manzanas. Si bien ambos tienen la misma anécdota, cada uno tiene sus propias características y su propia propuesta, una desde la narrativa y otra desde la teatralidad.

La anécdota que ambos comparten es sencilla, un niño se da cuenta que nada tiene sentido y lo predica a sus compañero. Ante sus argumentos y en el abandono filosófico tratan de encontrar un sentido a la vida, por lo que se proponen hacer callar a su compañero, primero a pedradas y después con objetos que signifiquen algo. Sin embargo, esto deriva en una escalada de venganza y violencia.

La novela es corta y ya un clásico que comparte el estante entre el señor de las moscas y el guardián entre el centeno. Por su parte, la propuesta escénica apuesta por un montaje sencillo. Una tarima sirve para ubicar un cementerio, un salón de clases o la fábrica abandonada. Cubos sobrepuestos serán el montón de significado que los niños tratan de juntar y con solo cinco actores se representan a todos los niños del salón de clases, además de algún adulto, un perro e incluso un cristo en su cruz.

A lo largo de casi dos horas la obra nos lleva a través de la búsqueda de sentido que los niños emprenden y resulta entretenida e interesante. Sin embargo, al querer hacer la obra ágil, divertida y accesible para un público joven pierde parte de lo brutal que pueden llegar a ser los hechos a los que llegan para enfrentar el vacío existencial. Básicamente no se le da la suficiente pausa, tiempo y seriedad a las escenas más terribles. Incluso se cae en el recurso de caricaturizar a los personajes en un afán de distinguirlos de entre la multitud de niños.

Si bien tiene aciertos escénicos logrados como la recreación del cementerio o la nieve, en general el tono ligero hace que quede a deber. Queda entonces abierta la pregunta, ¿qué fue mejor, el libro o la obra? Solo el público y el lector que hay en cada uno de nosotros tendrá la mejor respuesta.

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AL FINAL ¿NADA?

Por Marcos López  • Marcos Emiliano López Pérez

-Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.- Es la frase que da pie e hilo al discurso de esta adaptación teatral de una pequeña novela danesa.

Un grupo de niños nos relata, como el primer día de clases, sin ningún aviso, Pedro, un compañero más, de un grupo de ultimo grado de primaria, decide “descubrir” que nada importa, subiéndose a un ciruelo y creando una paranoia existencial en el resto de alumnos del grupo. Pero nada bueno sale de una paranoia colectiva que intenta demostrar lo contrario, con un “montón de significado”, que primeramente se empieza a consolidar con cierta inocencia, que se va perdiendo a medida que cada eslabón de la cadena se corrompe un poco más por el dolor de desprenderse de lo que es importante para ellos, y en cierta manera, para todos. A la postre, terminan dándose cuenta de que Pedro tenia razón.

A menudo, es complicado adaptar de un medio artístico a otro, aunque se piense fácil, el adaptar un texto literario a un texto dramático siempre es una labor muy profunda y con varias consideraciones, por lo que entiendo, en este proceso, el dramaturgo, o en este caso, la dramaturga, se tiene que hacer cargo de que se transforme de un medio completamente descriptivo a un medio más sensoria, principalmente visual, y auditivo, ya que precisamente el teatro posee las virtudes de transmitir en directo, imágenes y sonidos que la literatura tiene que describir.En el caso particular de NADA, el guion es impecable, pero debido al fiel seguimiento de su material original, tan fiel que no se le da valor interpretativo.A veces, es necesario comentar o acotar algunas acciones, motivaciones y pensamientos en lo teatral, pero en NADA, cada cosa que pasa, se piensa, se dice, se hace, es narrada por alguno de los muy variados personajes que están en escena. Este aspecto se maneja a su modo, como si alguna especie de documental se tratase, en donde cada involucrado narra mediante una entrevista lo que vivió, lo que supo y sintió, pero la amplia cantidad de dialogo, hacia que el ritmo se acelerara y quizá se saturara con las diversas reacciones sonoras que se hacían con el escenario de madera.

Todo esto se nivela con la excelente dirección de Bárbara Perrín, que logró, pese a todos los altibajos, hacer una adaptación en la que cada momento estas concentrado en lo que pasa. Una adaptación donde cada silencio y pausa, son utilizadas para lograr la tención o suspenso requeridos, una adaptación que aprovecha en ritmo acelerado de los diálogos, para mantener agiles y en casi perpetuo movimiento a los actores, una directora que aprovecha al máximo cada rincón del reducido espacio del teatro, para llenar con movimientos en su mayoría justificados. La dirección abusa de la nula producción escenográfica y el reducido uso de utilería, para hacer que cada actor en escena, haga uso de su completo arsenal de capacidades, llenando cada segundo de movimientos y gestos.

Visualmente, la adaptación no tiene mucho de donde relucir, pero esta bien manejado el concepto. Seis actores en escena, donde el antagonista (Pedro) y la principal narradora (Ana) son los únicos que tienen privilegio de prioridad, donde solo se da un personaje por actor. Entre los cuatro actores restantes, se reparten una amplia gama de diversos personajes escolares, algunos un tanto clichés y estereotipados, que cada actor, solo valiéndose de alguna característica representativa de la personalidad de cada niño y niña, representan muy logradamente, incluyendo sorpresas como la interpretación de un animal.

A veces es poco agradable ver a personas mayores interpretar papeles de infantes, pero en este caso, se logra un ambiente bastante verosímil, gracias a la variedad de personalidades y actitudes que se logran diferenciar en cada escena. Aunque la historia se desarrolla en una pequeña ciudad, en pocas locaciones, hay dos escenas que gracias a la iluminación y ambientación en general se dan muy gratificantemente. La escena del cementerio es una joya visual, que gracias al juego de lámparas en mano de los actores, te logra sumergir en un verdadero sentir de la atmosfera.

Siempre es muy complicado hablar sobre las preguntas filosóficas que como humanidad nos hemos hecho desde el nacimiento de nuestra conciencia. NADA, nos invita, mostrándonos una serie de sucesos desde el punto de vista de un grupo de niños, quizá adolescentes, pero sin darnos respuesta alguna, a profundizar en lo que importa o significa algo para nosotros, después de todo, como explica la autora Janne Teller. “A largo plazo Pedro podría tener razón, pero vivimos aquí y ahora, y en este espacio temporal sí que hay cosas por las que luchar.”

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CUANDO HABLAMOS DE NADA… LO DECIMOS TODO

Por La Diana cazada • Diana Laura González Cruz

Cuando se lee el título en la publicidad de la obra de Janne Teller, dirigida por Mariana Giménez y adaptada por Bárbara Perrín Rivemar, “NADA” nos dice, no nos dirige hacia ningún lado, la impresión es ésta: ¿qué nos quieren decir?

NADA es lo que contestamos cuando nos abstraemos en nuestros pensamientos más profundos, se piensan tantas cosas a la vez y a la vez en ninguna, que lo primero que podemos balbucear cuando alguien nos saca de nuestra abstracción es: NADA. Eso es a lo que nos afronta la obra “NADA”, al vacío existencial, que pasa quién sabe cuándo ni por qué, sino que sólo invade, nos arrastra y nos deja en medio de un mar irreconocible en el cual no se puede hacer otra cosa más que naufragar.

¿Cómo hablar de NADA y decir todo? Este es el reto al que se enfrenta la producción de “NADA”, el cual es logrado gracias a las grandes virtudes que tiene cada uno de sus elementos, es decir, desde los actores, el apoyo técnico en música e iluminación, la escases de escenografía, el vestuario que oscila entre los cincuentas y la actualidad, hasta la corporalidad de cada uno de los actores que con ademanes muy certeros, nos llevan a un recorrido casi medido por el pueblo en el que acontece “NADA”.

La falta de significado y de sentido en el mundo es lo que nos lleva a vernos reflejados en cada uno de los rostros que son interpretados por Eduardo Abraham, Lila Avilés, Pablo Marín, Andrea Riera, Lucía Uribe y Leonardo Zamudio. Pues si bien son más de seis personajes los que interactúan en toda la obra, ninguno (principal o secundario) resulta sernos ajeno: desde aquél que sueña con ser un gran intérprete de rock, hasta aquélla que enloquece por perder su “virginidad” de manera aberrante. NADA puede salvarnos de vernos ajenos, pues la búsqueda por el sentido de la vida se da en cualquier momento, antes o después, no hay medida de tiempo para encontrarnos ahí con todos esos personajes. Aunque todo parezca indicar que es en la adolescencia.

“NADA” envuelve al espectador y lo mantiene siempre atento porque es un alocado vaivén de emociones distintas y bien definidas a cada instante, pero tan veloces que parecieran revueltas o inexplicables. Nos lleva de la inocencia al cuestionamiento, de la confusión a la risa, de ésta a las lágrimas, de éstas a la decepción, seguida de euforia y quizá también, a la blasfemia. Todos los aspectos que ahí se tocan son tan precisos, que no se puede dejar de sentir la gran sobra de NADA en la que nos hace reflejarnos las palabras, los gestos, pensamientos, luces y escenografía de “NADA”, no es algo sencillo, porque hay miles de obras que hablan de ciertos acontecimientos en la historia de la humanidad, de acontecimientos hermosos o grotescos, pero “NADA” supera ese espacio y tiempo, se ve suspendida, se mira monocromática, porque nos da todo: sabores, colores, recuerdos, pero nunca algo estable, algo de donde asirse.

La puesta en escena que nos ofrece Mariana Giménez y todo su equipo es digna de alabarse porque en dos horas y un pequeño teatro, logra concentrar la angustia, el vacío, éxtasis, alegría, decepción y ganas por vivir la vida, como si fuera una perfecta escultura de antaño donde el espectador puede mirarla y siempre quedar absorto en ella, en su genialidad, el terror y también alegría de saberse tan humano, tan confundido, tan malicioso, pero sobre todo, de ver eso que forma parte de él de manera tan esencial, para entender y no, todo eso que mira, escucha, prueba, respira y toca, cuando le preguntan: ¿en qué estás pensando?

 

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NADA, O CUANDO LOS ACTORES LO ENTREGAN TODO

Por Betsy P. • Dorte Jansen

¿Es lo mismo escribir una crítica teatral al saber que se puede ganar un premio? ¿Si la motivación para redactar una reseña es el dinero y no la necesidad de reflexionar, el resultado no queda distorsionado? ¿Se puede fingir la inocencia?

Ver una obra como Nada marca un antes y un después en el espectador; es imposible salir del teatro sin hacerse preguntas. Basada en la novela de Janne Teller, Nada cuenta la historia perturbadora de unos niños en búsqueda del sentido de la vida. Bárbara Perrín Rivemar fue la dramaturga ideal para hacer la adaptación mexicana: “Me la encomendaron porque he tenido un par de aciertos a la hora de escribir textos vertiginosos y con algo de humor ácido. Les metí más carne a los personajes, pues en el texto de Teller todo se narra desde el punto de vista de Ana (Agnes).”

Un día Pedro (Eduardo Abraham) decide subirse a un árbol e inquieta a sus compañeros (Lila Avilés, Pablo Marín, Andrea Riera, Lucía Uribe y Leonardo Zamudio) al preguntarse por el sentido de la vida. Ellos intentan comprobarle que sí existen cosas con un significado importante: la lista va de un hámster, de la excavación clandestina del hermanito muerto, sobre unas mechas azules, una bici amarilla a cambio de la virginidad y termina con el corte sangriento de un dedo.

Al parecer todos sacrificios valieron la pena, pues, su juego macabro llama la atención de la prensa internacional. Se les ofrece una inmensa cantidad de dinero para exhibir su torre de significados en un museo. No obstante, Pedro los corrige: las cosas al convertirlas en dinero pierden su significado personal. Los niños desilusionados asaltan a su compañero y prenden fuego a la fábrica. Al final, perdieron todo: su inocencia, su sonrisa y las ganas de vivir. “Si la muerte no importa tampoco la vida”.

El trabajo de la directora Mariana Giménez se singulariza por involucrarse siempre personalmente. Nutrió la puesta con recuerdos de su infancia y pidió a los actores que hicieran lo mismo, por eso los personajes están tan vivos. Sin duda, son las actuaciones las que llenan el espacio de Nada, jugando con el significado mismo de la palabra. Los objetos no se materializan, como la bici amarilla o el Jesús crucificado, se resuelven actoralmente. De hecho, las escenas más brutales y sangrientas no se ven, se narran y suceden en la imaginación del espectador. Austeridad también en la cantidad de actores, pues unos cuatro se encargan de interpretar múltiples personajes, lo que hace la puesta más dinámica. Las actuaciones son tan precisas que muchas veces parecen coreografías.

La sencillez de la escenografía —un simple podio cuadrado— diseñada por Patricia Gutiérrez Arriaga, enfatiza esta estética de la nada. En el centro, se encuentra un cubo vacío, que va creciendo con cada significado. Hacia el final, el cubo cae por el suelo para convertirse en el ataúd de su compañero. Pedro, este personaje que recuerda al Barón rampante de Ítalo Calvino, no necesita un árbol “falso”, usa la pared del teatro para subirse al piso superior. Con su mano atraviesa la luz de uno de los focos e integra así un elemento de la realidad al juego escénico.

¿Qué significa el teatro en la vida de un actor? Lo significa todo. Se ve y se siente que el equipo creativo de Nada ha entregado todo y, al menos, los actores lograron llenar sus vidas con un sentido durante esta primera temporada. Pedro escribe en letras grandes: “NADA”. Esta palabra y otras preguntas zumban un rato más en las cabezas de los espectadores.

 

 

 

 

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