LA VOZ HUMANA, LA VOZ AUSENTE

Por Fabián Quintanar • Josué Fabián Quintanar Trejo

Voces inundan el teatro Juan Ruiz de Alarcón y repentinamente se extinguen al unísono ante el portento de un lenguaje más atractivo que el murmullo colectivo del público: una actriz se ha apoderado del escenario, de las miradas y de los oídos ávidos de espectadores que sólo perciben el silencio atónito de un inaprensible discurso en lengua de señas.

Si me propusiera abstraer la obra dirigida por Alonso Ruizpalacios en una palabra, ésta sería “ausencia”; pero más que de un mero simplismo, lo verdaderamente interesante radica en cómo se logró generar tan angustiante sensación no sólo a partir del texto (libreto de Jean Cocteau), sino con base en la utilización de todos los recursos escénicos y de las resonancias de un teatrero amante del cine, un director cineasta1.

Una actriz (María Evoli) emite señas desde proscenio, una mujer (Ana Gabriella Schwedhelm) entra desde las butacas mientras pronuncia palabras con acento alemán, le siguen dos mujeres (Lydia Kavina y Judith Thorbergsson) con la misma dinámica y acento, pero éstas se detienen, una ante el theremin2, otra ante el piano.

Varios son los elementos que invitan a los asistentes a aplaudir de pie después de setenta minutos de función, sin embargo, a mi parecer, la verdadera brillantez de la obra consiste en su capacidad para denotar la ausencia a partir de la más cruda y proverbial presencia, la incomprensión mediante el uso simultáneo de múltiples y variados códigos, y la incomunicación por medio de dos personajes que están frente a frente.

La mujer canta en inglés, las notas emitidas por el piano resuenan en la sala, el theremin gime lamentosas melodías, la otra mujer produce señas, la mujer canta en francés; en el escenario, totalmente cubierto por una tela, cual sala de cine, se proyecta la imagen de las mujeres en un cuadro absolutamente cinematográfico de pantalla dividida que alude a una llamada telefónica.

En un nivel superficial, el texto de Cocteau es simple: la obstinación por mantener contacto a través de un medio que, a pesar de sus virtudes tecnológicas, es incapaz de transmitir verdaderas emociones y que, en lugar de una vía, termina siendo una barrera con bandera de soledad. Pero esa lectura es apenas el pretexto para el desarrollo de una obra de complejas apreciaciones en las que, más allá de la anécdota, más allá de una crítica a los nuevos medios, más allá de la actualidad de un problema de inicios del siglo XX3, habla de la incomunicación humana que se esconde en la misma voz, en la voz escandalosa pero silente, en la voz ubicua pero ausente.

…el piano, el theremin, la lengua de señas, el francés, la imagen cinematográfica, el acento alemán, el theremin, el piano, la mujer…

La iluminación en las butacas no se ha apagado, nadie escuchó la tercera llamada, sabemos que la obra ha comenzado porque desde hace cinco minutos los signos en escena nos invaden, aun así es difícil comprenderlo todo, ni a la luz del teatro, ni a la luz de la vida real que no dio tercera llamada.

Los personajes no logran comprenderse ni a la luz del maravilloso invento telefónico.

Pero, lector, no se preocupe en caso de no comprender idiomas ajenos; con bondad de cineasta, el director nos ha regalado algunos subtítulos en español para los que aún no sabemos encontrar la verdadera esencia en la voz humana.

 

1Recordemos los recientes trabajos cinematográficos de Ruizpalacios: el cortometraje “Café Paraíso” y el largometraje “Güeros”.

2Instrumento musical electrónico inventado por Lev Theremin.

3Cocteau escribió la obra en 1930.

 

One thought on “LA VOZ HUMANA, LA VOZ AUSENTE

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