TEMPERATURAS INVISIBLES: LA VOZ HUMANA

Por Conejo Manzanillo • Gabriel Rodríguez Álvarez

La voz humana es imperceptible a los ojos pero nunca a la vibración del tímpano. Cuando se trata de gestos, es esencial la mirada para comunicarse, aunque haya una pantalla de por medio, y las distancias se acorten o crezcan con los temperamentos. Tan cerca en un latido y tan lejos en otro, en un compás de contrastes agigantados a través de circuitos cerrados de video, que proyectan planos cerrados de las actrices que gozan, sufren y superan la enfermedad del enamoramiento, al perseguir su objeto del deseo que se desvanece frente a sí mismas. Al ser escrita en 1930, la telefonía no reinaba todavía pero las claves de la dependencia y la manipulación a distancia, ya se percibían en los hogares. Apenas el sonido se asomaba en el cine y la radio ya despertaba la imaginación a través de las ondas hertzianas.

En la adaptación de la obra de Jean Cocteau que realizó Alonso Ruizpalacios con música de Francis Poulenc intervenida y dirigida por Tomás Barreiro, el riesgo es alto porque en la búsqueda del acontecimiento, se apostó por llenar la caja del Teatro Juan Ruiz de Alarcón y convertirlo en una sala de cine para espiar, mediante los planos cinematográficos esos rostros ligados a sus cuerpos bajo la lupa de la cámara y servir de telón para los recuerdos y anhelos de Una mujer, interpretada por Ana Gabriella Schwedhelm, quien coloca la gama de registros vocales de acuerdo a los sentimientos que hierven al extrañar, recuperar y perder el pulso de los deseos con su amante, que da vida María Evoli, a través del lenguaje de sordos. La ópera en la que se dan a entender sin ambivalencias del corazón, se acompaña de un piano temperamental ejecutado impecablemente por Judith Thorbergsson, que envuelve el laberinto, con disonancias para acentuar el ruido de cuando lo amoroso cede a la pulsión de encerrar y encapsular lo indefinible del amor. Tan imperceptible como la forma de ejecutar el Theremin en el aire y sin usar aparentemente ningún aparato a la vista, en una inmejorable metáfora de los hilos invisibles que mueven las emociones, desencadenan actos y experimentan sus consecuencias.

En el suelo, una sábana inmensa hace infinita esa alcoba que gravita en la intimidad desnudada públicamente, a través de los canales audiovisuales que amplifican cada gesto. El vestuario de Ximena Barbachano y la escenografía y utilería de Alejandra Quijano bajo la iluminación de Ingrid SAC, integró sus contrastes entre el negro y el blanco para dar presencia a lo sonoro por encima de lo visible. En la densidad escénica, los idiomas suman a las capas de los signos y desafían a cada espectador para que coloque en su propio mosaico, las piezas del significado encerrado. La apuesta operística se sostiene en los bajos y las melodías del teclado, a los que añade tensión dramática la ejecución de Lydia Kavina, alumna de Léon Theremin, creador del instrumento y quien en la obra, aporta una exclamación en ruso como llave para el distanciamiento con la sufrida mujer, que se lamenta en francés. De principio a fin se van conjugando los verbos, silenciosos o estridentes, que las pasiones inflaman en una catártica escalera de metamorfosis irreversibles.

Hay resonancias del film Persona (Ingmar Bergman, 1966), en las imágenes de los perfiles en alto contraste y los acercamientos al cuerpo en la destacada fotografía de María Secco, que fluyen en la edición de Julián Sarmiento del diseño de video de Philippe Amand. La manipulación de subtítulos de Alberto Giles, subraya la plasticidad narrativa sobre el lienzo del escenario que se abre en la pantalla y continúa en la sábana extendida y arrugada. Como los sonidos, las letras pueden representarse y transgredir los lugares comunes que se le da a la letra sobre la tela, como mero envase de las palabras y no protagonista o reflejo de los estímulos de la trama. El objetivo es llevar al límite la atracción erosionada y seguir el desapego de seres que se quisieron. En los tiempos oscuros en los que vivimos, mucho aportan las reflexiones sobre la armonía en la comunicación, como un acto de dos. Envueltos en los espejismos de las visiones, hace falta cerrar los párpados y mirarse con los corazones.

 

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