CON LA VARA QUE HAS MEDIDO

Por Dylan Rigby • Éleonor Gonzalez Roldán

Las pasiones del hombre son caóticas, sucias, violentas, y bailan un baile grotesco, sin orden ni razón hasta que alguien, en algún momento, nos pone una venda en los ojos y entonces, del caos nace la belleza. Eso hacen las obras de Shakespeare, poner ante nuestros ojos lo bello de nuestras pasiones indignas. Ya que el amor y el odio son inmutables y eternos, sus puestas en escena se han demostrado atemporales.

Deseo, envidia, celos, son emociones universales, que pueden entenderse igual en la Inglaterra del Siglo XVI que en el México contemporáneo. Sin embargo, quizá por el estatus de clásico indiscutible que Shakespeare ha alcanzado, se le ha revestido de un halo de solemnidad que sobra. En esta puesta en escena, el director y adaptador Mauricio García Lozano orgullosamente vuelve a su Alma Mater, con una propuesta en la que ha optado por descorrer ese velo de solemnidad y proyectar un Shakespeare más mundano. Al respecto comenta: “Hay que quitarle la solemnidad a Shakespeare, él habla de nosotros, es nuestro.”

El texto original posee tanto la profundidad de una tragedia como la simpleza de una comedia, por lo cual es difícil para los críticos clasificarla. El equipo de Lozano ha sido muy consciente de esa situación y ha logrado mantener ambos tonos sin demeritar la obra. La adaptación está plagada de carcajadas y personajes entrañables con humor “a la mexicana.” Sin embargo esto no significa que la obra es simple; de hecho no es muy conocida precisamente porque para el espectador es difícil saber cómo debe recibirla. Es una obra para pensar, que alimenta el espíritu y que hay que desmenuzar con cuidado para no dejar de lado los conflictos con los que lidia: la vida y la muerte, perdón y piedad, ley y justicia.

Estos conflictos se desbordan en ese microcosmos que es la ciudad de Viena, de férreas e incumplidas leyes, donde el Conde, que tiende a gobernar blandamente, ha delegado todo su poder en Angelo, caballero conocido por su rectitud y duro corazón. Para observar cómo van las cosas en su ausencia, el Conde se es-conde tras el disfraz de Fray Ludovico, que al darse cuenta de lo lejos que ha ido Angelo en su maquiavélico intento por legitimarse en el poder, tratará de arreglar el embrollo lo mejor posible. ¿Hasta qué punto la justicia es justa en manos del hombre? ¿Si todos somos vulnerables a las tentaciones, cómo es que nos regimos por leyes tan frágiles como nosotros mismos?

Por otro lado, Claudio, hermano de Isabella es condenado a muerte por un desliz sexual con la mujer que ama, y con quien tiene intenciones de casarse. Su falta parece una nimiedad, sin embargo morirá por ella. Él se aferra a la vida: Si todos hemos de morir, ¿no es una locura aferrarse a la existencia? Pero lo hacemos, nos aferramos a una vida que quizás no vale la pena vivir, y a la que tampoco estamos dispuestos a renunciar. En su desesperado deseo de vida, Claudio es capaz de pedir a su hermana que sacrifique lo más valioso para ella: su castidad. La vida de su hermano depende de ella, ¿Qué pecado es mayor: manchar su honor o dejar morir a su propia sangre?

“Con la vara que has medido, serás medido,” dijo Cristo: los habitantes de Viena, donde la sabiduría se obtiene a un paso de la muerte y entre los que no hay ni un héroe ni un inocente, serán medidos ante la justicia. Y así, entre enredos, música en vivo, personajes entrañables por su simpleza y monólogos musicalizados, el espectador puede disfrutar de un Shakespeare para todos, en una gran obra que es, según Harold Bloom, descendiente de Hamlet y predecesora de Otello.

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