CUANDO HABLAMOS DE NADA… LO DECIMOS TODO

Por La Diana cazada • Diana Laura González Cruz

Cuando se lee el título en la publicidad de la obra de Janne Teller, dirigida por Mariana Giménez y adaptada por Bárbara Perrín Rivemar, “NADA” nos dice, no nos dirige hacia ningún lado, la impresión es ésta: ¿qué nos quieren decir?

NADA es lo que contestamos cuando nos abstraemos en nuestros pensamientos más profundos, se piensan tantas cosas a la vez y a la vez en ninguna, que lo primero que podemos balbucear cuando alguien nos saca de nuestra abstracción es: NADA. Eso es a lo que nos afronta la obra “NADA”, al vacío existencial, que pasa quién sabe cuándo ni por qué, sino que sólo invade, nos arrastra y nos deja en medio de un mar irreconocible en el cual no se puede hacer otra cosa más que naufragar.

¿Cómo hablar de NADA y decir todo? Este es el reto al que se enfrenta la producción de “NADA”, el cual es logrado gracias a las grandes virtudes que tiene cada uno de sus elementos, es decir, desde los actores, el apoyo técnico en música e iluminación, la escases de escenografía, el vestuario que oscila entre los cincuentas y la actualidad, hasta la corporalidad de cada uno de los actores que con ademanes muy certeros, nos llevan a un recorrido casi medido por el pueblo en el que acontece “NADA”.

La falta de significado y de sentido en el mundo es lo que nos lleva a vernos reflejados en cada uno de los rostros que son interpretados por Eduardo Abraham, Lila Avilés, Pablo Marín, Andrea Riera, Lucía Uribe y Leonardo Zamudio. Pues si bien son más de seis personajes los que interactúan en toda la obra, ninguno (principal o secundario) resulta sernos ajeno: desde aquél que sueña con ser un gran intérprete de rock, hasta aquélla que enloquece por perder su “virginidad” de manera aberrante. NADA puede salvarnos de vernos ajenos, pues la búsqueda por el sentido de la vida se da en cualquier momento, antes o después, no hay medida de tiempo para encontrarnos ahí con todos esos personajes. Aunque todo parezca indicar que es en la adolescencia.

“NADA” envuelve al espectador y lo mantiene siempre atento porque es un alocado vaivén de emociones distintas y bien definidas a cada instante, pero tan veloces que parecieran revueltas o inexplicables. Nos lleva de la inocencia al cuestionamiento, de la confusión a la risa, de ésta a las lágrimas, de éstas a la decepción, seguida de euforia y quizá también, a la blasfemia. Todos los aspectos que ahí se tocan son tan precisos, que no se puede dejar de sentir la gran sobra de NADA en la que nos hace reflejarnos las palabras, los gestos, pensamientos, luces y escenografía de “NADA”, no es algo sencillo, porque hay miles de obras que hablan de ciertos acontecimientos en la historia de la humanidad, de acontecimientos hermosos o grotescos, pero “NADA” supera ese espacio y tiempo, se ve suspendida, se mira monocromática, porque nos da todo: sabores, colores, recuerdos, pero nunca algo estable, algo de donde asirse.

La puesta en escena que nos ofrece Mariana Giménez y todo su equipo es digna de alabarse porque en dos horas y un pequeño teatro, logra concentrar la angustia, el vacío, éxtasis, alegría, decepción y ganas por vivir la vida, como si fuera una perfecta escultura de antaño donde el espectador puede mirarla y siempre quedar absorto en ella, en su genialidad, el terror y también alegría de saberse tan humano, tan confundido, tan malicioso, pero sobre todo, de ver eso que forma parte de él de manera tan esencial, para entender y no, todo eso que mira, escucha, prueba, respira y toca, cuando le preguntan: ¿en qué estás pensando?

 

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