NADA, DEL LIBRO A LA ESCENA.

Por Maximo • Armando Máximo Hernández Sánchez

Nada de Janne Teller, presentada en el teatro Santa Catarina bajo la dirección de Mariana Giménez, revive la clásica pregunta: qué es mejor, el libro o la obra de teatro. El lugar común dice que el libro, aun antes de siquiera ver la obra o leer el libro. Sin embargo como otro lugar común dice, eso sería comparar peras con manzanas. Si bien ambos tienen la misma anécdota, cada uno tiene sus propias características y su propia propuesta, una desde la narrativa y otra desde la teatralidad.

La anécdota que ambos comparten es sencilla, un niño se da cuenta que nada tiene sentido y lo predica a sus compañero. Ante sus argumentos y en el abandono filosófico tratan de encontrar un sentido a la vida, por lo que se proponen hacer callar a su compañero, primero a pedradas y después con objetos que signifiquen algo. Sin embargo, esto deriva en una escalada de venganza y violencia.

La novela es corta y ya un clásico que comparte el estante entre el señor de las moscas y el guardián entre el centeno. Por su parte, la propuesta escénica apuesta por un montaje sencillo. Una tarima sirve para ubicar un cementerio, un salón de clases o la fábrica abandonada. Cubos sobrepuestos serán el montón de significado que los niños tratan de juntar y con solo cinco actores se representan a todos los niños del salón de clases, además de algún adulto, un perro e incluso un cristo en su cruz.

A lo largo de casi dos horas la obra nos lleva a través de la búsqueda de sentido que los niños emprenden y resulta entretenida e interesante. Sin embargo, al querer hacer la obra ágil, divertida y accesible para un público joven pierde parte de lo brutal que pueden llegar a ser los hechos a los que llegan para enfrentar el vacío existencial. Básicamente no se le da la suficiente pausa, tiempo y seriedad a las escenas más terribles. Incluso se cae en el recurso de caricaturizar a los personajes en un afán de distinguirlos de entre la multitud de niños.

Si bien tiene aciertos escénicos logrados como la recreación del cementerio o la nieve, en general el tono ligero hace que quede a deber. Queda entonces abierta la pregunta, ¿qué fue mejor, el libro o la obra? Solo el público y el lector que hay en cada uno de nosotros tendrá la mejor respuesta.

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