ATRAPEN A LOS ZORROS, A ESOS PEQUEÑOS ZORROS, QUE ESTROPEAN NUESTROS VIÑEDOS

Por Wolfgang A. Chícharo II • Aura Beatriz González Morgado

Lillian Hellman, con la valentía y el sentido crítico que siempre la acompañó, retrata en Pequeños zorros la voracidad del capitalismo a través de un intenso drama familiar. La acción se sitúa en el sur Estados Unidos a finales del siglo XIX, cuando William Marshall, un prominente hombre de negocios de Chicago, llega a Alabama para cerrar un negocio con los hermanos Hubbard: Ben, Óscar y Regina, unos burgueses sureños que consiguieron su fortuna a base de comercios injustos y ventajosos, semejantes a las tiendas de raya, y de matrimonios arreglados a conveniencia para incrementar su patrimonio.

La cuestión se complica cuando a días de cerrar el trato, los Hubbard no cuentan con el capital suficiente para que se lleve a cabo. Ben y Óscar han puesto ya dos terceras partes de la inversión, pero Regina, al no contar con recursos propios, tiene que convencer a su marido de que participe en el negocio; éste último, está internado en Baltimore desde hace unos meses por un mortal padecimiento del corazón.

El negocio en cuestión es reprobable, ellos quieren construir un molino de algodón y piensan pagar salarios miserables a los obreros negros para edificarlo. Con este escenario, los Hubbard harán hasta lo impensable por conseguir el dinero que les hace falta. La codicia, el engaño y la ambición criminal son los vicios que exhibirán estos tres pequeños zorros, no sólo para conseguir el capital, sino para sacar una ventaja individual incluso frente a su propia familia.

Hellman provenía de una familia sureña de clase alta, sin embargo, esta condición privilegiada no le impidió mantener el ojo despierto y la convicción para denunciar el atroz individualismo y la infamia del despojo que se esconde bajo la bandera una empresa exitosa y próspera. Ella declaró alguna vez que no deseaba retratar cínicamente estas situaciones, sino que su apuesta era sólo por un estilo crudo y fiel a la realidad.

Esta obra obliga a reflexionar y a mirar el lado más oscuro del valor del dinero, la aspiración de ser rico, el progreso económico y el éxito individual. Hellman nos pone contra las cuerdas al plantear estas cuestiones, denunciando que la economía industrializada puede cambiar para siempre, y no para bien los destinos las personas.

Luis y José María de Tavira atinan al presentar esta puesta en escena porque, considerando el contexto nacional, nos invitan a mirar cómo el llamado progreso sirve sólo a unos pocos y tergiversa para siempre la cotidianeidad del día a día. Aquí, la misión de las artes va más allá del disfrute: la experiencia estética es también una herramienta poderosa para mirar el presente, repensar y transformar la concepción que tenemos sobre el mundo y sobre nuestro país.

Por lo demás, que no es menos importante, el montaje, las actuaciones, el vestuario y la escenografía son impecables. Pequeños zorros es una pieza disfrutable de principio a fin.

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