LA PREMONICIÓN DE LOS PEQUEÑOS ZORROS

Por: Cervidae • Nayeli García Sánchez

“Atrapen a los zorros,

a los pequeños zorros que arruinan los viñedos,

nuestros viñedos en flor”

Cantar de los Cantares, 2:15

Casi un mes antes de que Donald Trump resultara presidente electo de los EE. UU., terminó la primera temporada de Pequeños zorros en el teatro Santa Catarina. Esta puesta en escena, basada en la obra de Lilian Hellman, se presentó bajo la dirección del maestro Luis de Tavira del 18 de agosto al 9 de octubre de 2016. En el programa de mano, José María de Tavira anunciaba la escalofriante proximidad de “las fuerzas del fascismo, la xenofobia y el militarismo”, relacionada con la campaña electoral del republicano.

Pequeños zorros, estrenada por primera vez en el Teatro Nacional de Nueva York en 1939, habla de la consolidación de un sistema económico y político neoliberal: estamos a la mitad del siglo XIX y todas las decisiones son tomadas por hombres blancos sin dejar casi ningún espacio para la disidencia. A pesar de que la obra fue escrita originalmente en inglés, la versión de José María y Luis de Tavira logra hacer que el español suene como su lengua de origen.

En tres actos, se desarrolla la historia de la familia Hubbard en el sur de EE. UU. Regina (Stefanie Weiss), Óscar (Juan Carlos Vives) y Ben (Arturo Ríos) son tres hermanos, parte de una clase media ascendente, que buscan hacer fortuna por medio de la explotación rampante del trabajo campesino. Ante una oportunidad inigualable para satisfacer su ambición, necesitan que Horacio Giddens, esposo de Regina, acceda a participar en una inversión con el empresario Marshall.

La escenografía de Alejandro Luna permite un inicio memorable para la obra. En el escenario principal hay una sala de estar: en primer plano están los sillones y un piano pegado a la pared; al fondo y arriba está el pasillo que conduce a las habitaciones del piso superior, conectado a la sala por unas escaleras a la izquierda del público. A la derecha, a través de un rectángulo del tamaño de una puerta, el espectador puede ver en un escenario secundario la copiosa cena que los Hubbard organizaron para Marshall. El inicio de la puesta sugiere más de lo que muestra: en el callado vaivén de los criados y las expresiones de júbilo que se cuelan desde el comedor, comienza una tensión en aumento. Aunque toda la obra se desarrolla en este espacio, el ambiente adquiere matices y tonalidades distintas por medio de la música original, compuesta por Pedro de Tavira Egurrola.

La coreografía actoral despliega las capacidades interpretativas de un elenco sin desperdicio: la belleza imperante de Regina encanta con miradas oblicuas y un ligero movimiento pendular de torso; la ansiedad de Birdie se muestra en unos ojos que huyen hacia el piso cada vez que se cruzan con otros; la inseguridad de Leo se cifra en un constante subir de cejas y hombros, y la candidez de Alejandra, en el frotar inocente de sus manos.

La ambición de la familia triunfa por encima de los lazos afectivos que podrían existir entre ellos. Sólo una persona logra su salvación: tras la muerte de su padre, Alejandra abandona la casa materna con el deseo de emigrar a un lugar donde lo más importante no sea acumular fortuna sin importar los medios. Su salida de la mansión Hubbard funda la esperanza en una lucha por los derechos civiles y simboliza el inicio de una larga resistencia contra el neoliberalismo triunfante, de la cual podemos sentirnos hoy herederos.

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