QUIJOTE, VENCEDOR DE SÍ MISMO

Por Johannes de Silentio • Haydee Muñoz

El más reciente montaje de Teatro de ciertos habitantes (TCH) gira en torno a Don Quijote de la Mancha. El personaje, en consciencia de ser personaje y de tener un autor, se presenta parado sobre sus hombros, a manera de introducción. La lógica intrínseca es: el Quijote tiene el libro de sus hazañas en la mano, cada que el libro se abre en un capítulo específico, es llevado a las circunstancias que el libro narra.

Sin escenografía y con una iluminación muy básica, el acento es puesto sobre el ser humano. La primera parte, recae casi toda sobre Fernando Huerta como el Quijote. Digo casi toda, porque la pieza está diseñada para que diversos miembros de la audiencia suban a la escena cuando el protagonista los llama. La compañía decide apelar por el recurso de usar al espectador de patiño, como en las fiestas infantiles. Hay unos que se resisten, otros suben felices. Una vez arriba, los actores sorpresa ayudan a narrar la anécdota, manipulados por las instrucciones del actor.

El recurso, tan peligroso, posee altibajos. Siempre hay alguien conmovedor por lo que hace, alguien que es un actor-espectador y alguien que definitivamente no quería pasar. La dinámica se repite hasta que una actriz infiltrada en el público, Xóchitl Galindres, es invitada al escenario. Su incursión le da frescura al curso de la obra, a la vez que introduce a un segundo estadio.

Xóchitl, el personaje, es una joven mexicana que admira profundamente la figura del Quijote. Es una ávida lectora y escribe un diario. Pronto se ve también poseída por la página específica en la que su diario se abre. Los personajes pueden escapar del capítulo en que los metió su libro, cerrándolo.

Bajo estas reglas el montaje transcurre con un excelente desempeño por parte de los actores y una buena interacción con el público. El guión (Mónica Hoth), la estructura y la dinámica son de obra infantil didáctica.

Aun cuando el teatro contemporáneo profesional se ha librado de la anécdota, de la secuenciación, del drama, de la fábula y el mensaje; esta obra retoma estos principios de manera cabal. Ante el dicho ‘haz el bien sin mirar a quién’, el material se le da al espectador ‘peladito y en la boca’. La obra, políticamente correcta, entreteje temáticas sociales tales como: el derecho de la mujer a parir de manera natural y no por cesárea, la tala de árboles, el bullying escolar.

Aunque el montaje afirme querer cambiar el mundo, más bien parece apelar a la satisfacción inmediata de un espectador medio: Se hacen referencias básicas: Cien años de soledad, Pedro Páramo, El dinosaurio (Monteroso). Así, los asistentes se sienten complacidos al ubicarlas. Curiosamente hay una cita de Wittgenstein, sin citar el autor. La lógica interna se rompe varias veces (los personajes están en problemas y tardan mucho en cerrar el libro; la joven, siendo fan del Quijote, desconoce que el personaje está a punto de morir, etc). La exploración corporal y musical es limitada.

La obra insta a los espectadores a luchar por sus sueños, a vencer la indolencia (se define la palabra en escena). Si bien ambos objetivos son loables y siempre vigentes, la obra es antiquijotesca, pues es complaciente y se alinea al sistema que critica; es paralela a un programa del canal 5 o a una película de Disney. Como producto de una compañía con los recursos (materiales y creativos) de THC, se esperaría algo con mayor rigor e investigación en la concepción del dispositivo. Aun cuando el público aplauda de pie, el ingenio del director, Claudio Valdés Kuri, parece vencido por sí mismo.

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