Una luna para los malnacidos

Una luna para los malnacidos pertenece,  junto con Largo viaje de un día hacia la noche, a las llamadas obras autobiográficas de  Eugene O Neill (1888-1953), dramaturgo estadounidense ganador del Premio Nobel. Fue terminada de escribir en 1943, cuando el autor se encontraba muy enfermo y hacía un esfuerzo por realizar un ajuste de cuentas con su pasado. De hecho, “Largo viaje…” , escrita en 1940, aborda acontecimientos familiares que sucedieron diez años antes que los narrados en “ Una luna...” Se supone que el autor escribió “Una luna…”  a manera de reconciliación póstuma con James O`Neill Jr., el hermano mayor de Eugene, que muriera en 1923  de una cirrosis provocada por el exceso de alcohol a la edad de 40 años.
Resulta curioso que “Una luna…” sea considerada una pieza autobiográfica, cuando no lo es en el sentido literal, de que intente recrear un suceso que realmente ocurrió. Se trata, en cambio, de una obra que permite al escritor otorgarle a su hermano muerto la posibilidad de la redención a través de la ficción.  Y lo más seductor es que  esta acción personal alcanza su dimensión  trágica al hacer de este mito familiar un mito social capaz de conmovernos a muchos más.
De “Una luna…”  me  son particularmente atractivos sus diversos planos de interpretación: el primero y más evidente es el de las relaciones entre los personajes principales , el padre, la hija y el casero. Este plano presenta a la picardía y a la violencia como mecanismo para ocultar generosidades, afectos y, sobre todo, vulnerabilidades. Aquí la mentira constante, la verdad disfrazada y los juegos de palabras se apoderan de la escena para crear la apariencia de rudeza, de ausencia de sentimentalismo, de rebeldía ante un entorno dominante que los hostiga.
Un segundo plano es el de los deseos de los personajes, los resortes que mueven a cada uno de ellos. Impulsos, necesidades, proyectos que en condiciones habituales no compartirían con nadie más.  Es hasta que los  personajes se   enfrentan a una situación límite, que se ven forzados a entrar en combate  para que estos deseos escondidos tengan una posibilidad de realización.  
El tercer plano es precisamente el del mito, el del espacio ritual entre la vida y la muerte, el que conduce a la obra hasta su clímax y desenlace. En él, las distintas clases de amor se ven obligadas a resolver la tensión existente entre ellas mediante el sacrificio  de unas clases de amor en favor de otra, para así dar paso al momento de la redención, a un último acto de amor antes de la muerte. Se lleva a cabo, entonces,  la lucha entre la vida por proseguir, por continuar la existencia con toda la vitalidad posible, contra el deseo de la muerte, que lo que busca desesperadamente es despojarse del insoportable peso acumulado en vida, para poder bien morir.
Tras muchas reflexiones, he  resuelto  nombrar a esta pieza teatral Una luna para los malnacidos. No existe una expresión exacta para traducir A moon for the misbegotten, título en inglés de esta obra que hasta ahora nunca había sido estrenada en México.  Dicen que tarde o temprano  traducción es traición, porque es imposible encontrar los términos precisos para transmitir  el sentido en la lengua de origen. Se propusieron muchas otras expresiones: Una luna para el bastardo, para los desamados, para los olvidados, para los perdidos, para el desesperado.  He optado por la palabra malnacidos porque por un lado ésta hace referencia a la rudeza que los personajes aparentan; por el otro,  permite adquirir una dimensión poética  al abrir el umbral a la posibilidad de redención  de los desposeídos de toda esperanza. 

Mario Espinosa.

 

 

 

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