Hamlet

   

Si el teatro es un concentrado de vida, probablemente Hamlet sea —escena por escena, diálogo por diálogo, imagen por imagen— la vida en su estado de máxima densidad. Representar el texto en su totalidad está tan fuera de nuestro propósito como de nuestro alcance; hemos preservado hasta donde nos ha sido posible su enorme riqueza, sin someterla a la tiranía de los 15 minutos ni a la de los 140 caracteres. En el intento de ser fieles a Shakespeare, a menudo nos hemos alejado de la literalidad para buscar el corazón de la tragedia por caminos más inesperados. Esta versión no se hizo al pie de la letra, sino al pie de las tablas. El proceso se dificulta cuando se cargan a cuestas cuatro siglos de montajes, lecturas e interpretaciones sobre unas palabras tan ambiguas y enigmáticas que—como aquellas que Ofelia pronuncia en su delirio— “todo mundo las recoge y trata de darles sentido, acomodándolas según sus propias ideas”. Inevitablemente, cada vez que intentamos arrojarle luz, el texto de Shakespeare la refleja e ilumina nuestros propios prejuicios y nuestras propias limitaciones. ¿Qué podíamos esperar de una obra que declara que el objetivo del teatro es “enfrentarle un espejo a la realidad, para mostrarle a la virtud sus propias facciones, a lo ridículo su propia imagen y a cada época su semblante y su carácter”? En un país donde el término “tragedia” se ha convertido un lugar común de los noticieros, tiene sentido asomarnos una vez más a este espejo.

Flavio González Mello

 

 

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