Autorretrato en sepia

La sublimación –parafraseando inclemente a Freud– consiste en redireccionar una pulsión sexual (potencialmente destructiva) hacia un nuevo fin: por ejemplo, el teatro. Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio transforma “Un hombre sin riñones pierde a manos de su familia el dinero para su trasplante” a “Un hombre que se niega a morir escribe una carta de amor a su familia.” Autorretrato en Sepia.
 
Propulsor de la estética dramatúrgica más influyente en las últimas décadas, LEGOM ha hecho de su teatro una necesidad. Ha logrado la anhelada evolución de estilo a género a discurso a poética a inefabilidad.
 
No es de extrañar que uno de los mejores directores del país se vuelque sobre su imaginario. Martín Acosta es un poeta de la tridimensionalidad. Un director de escena que vive en el teatro desde que lo conoció y que de hacerlo su padre, lo convirtió en su amante y ahora, desde hace tiempo, se lo comió. Martín y el teatro son lo mismo.
 
Los grandes artistas causan grandes efectos.
 
Carta a un artista adolescente, Las chicas del tres y medio floppy, Crack, De bestias, criaturas y perras, Naturaleza muerta y Marlon Brando, Demetrius o la caducidad, Eduardo II, Edi y Rudy… Hace un rato que estos dos creadores dejaron ver su alcance imaginativo. Ahora colaboran por primera vez.
 
El montaje que está a punto de ver podría ser el diario de un hombre que ha hecho (entre guiones y groserías) del humor un aderezo ideal para el dolor. Un grito visceral con nostalgia de riñón. Acosta -además de dar un Do de pecho en la escenografía- usa la teatralidad para convertir el patetismo cotidiano en pólvora; tres actores que hacen de la precisión su bandera y caminan como por su casa entre en una surrealista saciedad de objetos no titubean en detonarla con descaro.
 
Suelte las piernas, apague sus interrupciones y dispóngase a ver a los mejores artistas teatrales del país trabajando juntos.


David Gaitán

 

 

 

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