Palimpsesto

Cuando uno escribe con un lápiz en un papel y luego intenta borrar lo escrito, cuando uno escribe y tacha, cuando uno escribe y borra y vuelve a escribir y vuelve a borrar o rompe una carta de amor o un aviso de la secretaría de hacienda,  siempre queda una reminiscencia, aunque sólo sea en nuestra cabeza, queda.


Palimpsesto es un manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior que fue borrada. Esta palabra nos puede llevar a lugares lejanos, remotos, olvidados, algo que fue escrito y borrado por alguna razón, pero que se niega a desaparecer del todo. En Palimpsesto, Itzel Lara, nos lleva de viaje a una pequeña casa, o a dos pequeñas casas, y una pequeña calle que las separa, con pequeñas personas que viven adentro y que alguna no quiere siquiera asomar un pie fuera de su enorme closet. Personas pequeñas, olvidadas por todos, personas que no le importan a nadie, que intentan pasar por el mundo de puntitas, discretamente sin hacer ruido, intentando borrar su existencia. La dramaturga aguza tanto su oído que los escucha, aguza tanto su mirada que los ve, aguza tanto su alma que los entiende y nos los muestra. Pero no por ser personajes chiquitos y en cierto sentido grotescos, no carecen en absoluto de importancia y de una capacidad innata para fascinarnos con su mundo torcido, deforme y bello.


En su obra como dramaturga, Itzel Lara, ha tomado como punto de partida el trabajo de la fotógrafa Diane Arbus, quien fija su lente con amor donde los ojos de la mayoría miran con asco o rechazo,  mira lo deforme como bello, y así nos hace ver a través de su lente. Itzel Lara hace lo mismo y lo hace con humor, elegancia y cariño, es así su forma de transformar los seres pequeñitos en grandes y los pequeños actos en aventuras épicas, hace que una calle se vuelva un mar inmenso, nos hace mirar el mundo con otros ojos.


 

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